Por Juan Cuevas
Durante décadas, Cuba ha logrado proyectar hacia el exterior una imagen romántica de resistencia, dignidad revolucionaria y solidaridad internacional. Sin embargo, a muchos ya se les está cayendo la venda de los ojos —aunque conviene reconocer que esta falsa percepción sigue estando muy presente también entre numerosos opositores guineanos—. Detrás del relato épico se esconde una realidad mucho más incómoda: la dictadura cubana no solo ha sido un régimen represivo hacia dentro, sino también un actor activo en el sostenimiento y normalización de dictaduras asesinas, entre ellas la de Guinea Ecuatorial.
La dictadura cubana y la guineana corren en paralelo. No porque sean idénticas, sino porque comparten una misma lógica de supervivencia: control absoluto del poder, eliminación del disenso, empobrecimiento deliberado de la sociedad y uso del miedo como herramienta de gobierno. Cuba ha sido, durante más de seis décadas, un manual vivo de resistencia autoritaria. Y ese manual ha sido observado, estudiado y adaptado por otros regímenes.

El régimen cubano pone al descubierto su autentica cara. Y la caradura de los que todavía lo defienden.
Tras la Revolución de 1959, liderada por Fidel Castro, Cuba entra en un ciclo prolongado de deterioro económico y endurecimiento político. El primer gran colapso llega con el fin del sostén soviético: durante el llamado Período Especial, a comienzos de los años noventa, el PIB se contrajo alrededor de un 35% en apenas tres años, con un desplome brutal del consumo, la inversión y los servicios básicos. Desde entonces, la economía cubana no ha dejado de arrastrarse. En la última década, y especialmente desde 2020, la situación se ha agravado: crisis energética permanente, apagones diarios, colapso del transporte, desabastecimiento y una inflación que ha pulverizado los salarios.
Pero el daño no es solo macroeconómico. En Cuba se pasa hambre. No como consigna política, sino como hecho cotidiano. Familias enteras sobreviven con una comida al día, la malnutrición infantil vuelve a aparecer y los ancianos dependen de remesas o de la caridad. El deterioro social y humano es profundo: éxodo de profesionales, descomposición del tejido familiar, desesperanza colectiva. Un país agotado.
Ese empobrecimiento va acompañado de una represión sistemática. Cuba mantiene centenares de presos políticos, y tras las protestas del 11 de julio de 2021 más de 1.500 personas fueron detenidas, muchas de ellas condenadas tras juicios sin garantías. Las denuncias de torturas, incomunicación y tratos degradantes son constantes. Las muertes bajo custodia no son una anomalía: los nombres de Orlando Zapata Tamayo o Wilman Villar Mendoza, fallecidos tras huelgas de hambre en prisión, siguen siendo símbolos de un sistema que castiga hasta la muerte la disidencia.

Grandes acuerdos de «cooperación» con el régimen cubano
El resultado lógico es el éxodo. En 1980, 125.000 cubanoshuyeron por el Mariel. En 1994, 35.000 balseros se lanzaron al mar. Y entre 2022 y 2024, más de 600.000 cubanos han llegado a Estados Unidos por distintas vías. Cuba se vacía porque no ofrece futuro, solo obediencia.
Pero el régimen cubano no ha resistido solo. Ha exportado su experiencia. El caso de Venezuela está ampliamente documentado: cooperación energética, intercambio de petróleo por servicios y participación cubana en estructuras clave del aparato estatal y de seguridad. La supervivencia del chavismo no se entiende sin La Habana.
Y es aquí donde Guinea Ecuatorial entra en escena.
Durante la dictadura de Francisco Macías Nguema, Cuba mantuvo relaciones políticas con un régimen responsable de uno de los episodios más brutales de la historia africana contemporánea. Tras el golpe de 1979, lejos de romper con ese legado, La Habana normalizó y reforzó su relación con el nuevo dictador, Teodoro Obiang Nguema, hoy el jefe de Estado más longevo del planeta.
La cooperación cubana con Guinea Ecuatorial se presenta siempre bajo un barniz humanitario: médicos, formación, intercambio educativo. Pero sería ingenuo ignorar la dimensión política de esa relación. Cuba no coopera con democracias consolidadas; coopera con regímenes que, como ella, necesitan resistir al escrutinio internacional. Y Obiang ha encontrado en el modelo cubano una referencia útil: cómo controlar a la población, cómo neutralizar cualquier oposición y cómo perpetuarse en el poder.
El paralelismo es evidente también en el plano humano. En Guinea Ecuatorial, como en Cuba, la población pasa hambre pese a la riqueza del país. El petróleo no ha generado bienestar, sino miseria estructural, desigualdad extrema y una sociedad sometida. El deterioro social es profundo: emigración forzada, miedo, silencio, generaciones enteras sin horizonte. La represión política y el empobrecimiento material avanzan de la mano.

Unidos desde siempre
No es necesario demostrar que Cuba redactó un manual específico para Malabo. Basta con observar el resultado. La longevidad de Obiang no se explica solo por el petróleo, sino por su capacidad para aprender de regímenes expertos en sobrevivir al aislamiento, al descrédito y a la condena internacional. En ese sentido, Cuba ha sido una escuela.
Hoy, cada vez más personas reconocen que el papel de Cuba en el mantenimiento de dictaduras ya no puede seguir blanqueándose. La solidaridad selectiva, cuando se ejerce con tiranos, deja de ser solidaridad y se convierte en complicidad.
Guinea Ecuatorial no necesita más lecciones de resistencia autoritaria. Necesita verdad, justicia y democracia. Y quienes durante décadas ayudaron a sostener su larga noche política deberían, al menos, dejar de presentarse como referentes morales.


