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África ante el avance del yihadismo: por qué Guinea Ecuatorial debe integrarse en la órbita occidental

Por Redacción

11/03/2026

Redacción El Confidencial

Durante la última década, el avance del yihadismo en África ha dejado de ser un fenómeno localizado para convertirse en uno de los principales factores de desestabilización del continente. Hoy existen al menos cinco grandes teatros de actividad: el Sahel, el Cuerno de África y Somalia, la cuenca del lago Chad, el norte de Mozambique y, en menor medida, algunas zonas del norte de África. Según el Africa Center for Strategic Studies, las muertes vinculadas a grupos islamistas armados en África han superado las 150.000 en la última década, con un fuerte repunte desde 2023. África subsahariana se ha convertido así en la región más golpeada por el terrorismo, y el Sahel en su epicentro mundial.
Los países más afectados son Burkina Faso, Mali y Níger en el Sahel; Somalia en el Cuerno de África; Nigeria y zonas fronterizas de Níger, Chad y Camerún en la cuenca del lago Chad; y Mozambique en la provincia de Cabo Delgado. A este mapa se suma una expansión preocupante hacia los estados costeros de África occidental, especialmente Benín y Togo, mientras Ghana y Costa de Marfil empiezan a considerarse espacios vulnerables al desbordamiento de la violencia saheliana.
Los grupos responsables de esta expansión son diversos, pero comparten una lógica común de expansión territorial aprovechando la debilidad institucional de muchos Estados africanos. En el Sahel domina Jama’at Nusrat al-Islam wal-Muslimin (JNIM), afiliado a Al Qaeda, junto con el Estado Islámico en el Gran Sahara (ISGS). Las redes de JNIM explican aproximadamente el 83% de las muertes vinculadas a grupos islamistas en esa subregión y sus combatientes están empujando hacia las fronteras de los países costeros.
En la cuenca del lago Chad, los principales actores siguen siendo Boko Haram y el Estado Islámico en África Occidental (ISWAP), con múltiples fragmentaciones internas. En Somalia, el actor central es Al Shabaab, vinculado a Al Qaeda y con capacidad de operar también en Kenia. En Mozambique, la insurgencia de Cabo Delgado está asociada a Ahlu Sunnah wa Jamaa —integrada en el ecosistema del Estado Islámico— y ha provocado una grave crisis humanitaria.
Las causas del avance del yihadismo en África son complejas. No se trata únicamente de religión o ideología. La expansión de estos grupos se alimenta de Estados débiles, corrupción, ausencia de servicios públicos, conflictos locales por la tierra y los recursos, abusos por parte de fuerzas de seguridad, economías ilícitas y fronteras extremadamente porosas. En el Sahel, diversos informes señalan que la violencia contra civiles por parte de fuerzas estatales y milicias aliadas está siendo utilizada por los grupos yihadistas como instrumento de reclutamiento.


El Sahel se ha convertido hoy en la zona más peligrosa del continente. Casi la mitad de las muertes vinculadas a grupos islamistas en África se producen allí. Burkina Faso concentra por sí solo alrededor del 55% de las muertes del teatro saheliano, y se estima que el Estado controla apenas un 40% de su territorio.
Somalia constituye otro foco de alarma. Al Shabaab mantiene capacidad para tomar localidades, desplazar población y presionar incluso sobre el eje de Mogadiscio. En 2025, el grupo logró capturar la ciudad de Tardo en la región central de Hiiran dentro de una ofensiva que provocó nuevos desplazamientos de población.
En Nigeria y la cuenca del lago Chad, el fenómeno se caracteriza por su persistencia y fragmentación. La violencia yihadista contra civiles en esa región aumentó un 32% en el último año analizado, alcanzando el nivel más alto desde 2016.
En Mozambique, aunque la insurgencia en Cabo Delgado se ha contenido parcialmente gracias a la intervención de fuerzas ruandesas y de la Comunidad de Desarrollo de África Austral (SADC), la amenaza no ha desaparecido. Aún persisten ataques y la región mantiene más de 461.000 desplazados internos.
El peligro para el continente es profundo por varias razones. En primer lugar, la consolidación de territorios fuera del control estatal. En segundo lugar, la conexión entre terrorismo, contrabando y crimen organizado. En tercer lugar, el riesgo de expansión hacia países costeros hasta ahora relativamente estables. En cuarto lugar, el impacto en crisis humanitarias y desplazamientos masivos. Y finalmente, la amenaza que este fenómeno representa para Europa a través de redes criminales, rutas migratorias y posibles proyecciones externas de combatientes.
Las Naciones Unidas han advertido recientemente que tanto Al Qaeda como Estado Islámico mantienen una elevada capacidad de adaptación y resiliencia, y que África se ha convertido en un espacio central para la actividad de sus filiales.
El mayor riesgo estratégico para el continente no es que toda África caiga bajo control yihadista, sino que se consolide un cinturón continuo de inseguridad desde el Atlántico saheliano hasta el Cuerno de África, con ramificaciones hacia la costa del Golfo de Guinea. Si esta tendencia continúa, podría comprometer la estabilidad de toda África occidental.
En este contexto, la posición geopolítica de Guinea Ecuatorial adquiere una importancia estratégica. Situada en el Golfo de Guinea, una de las rutas marítimas más importantes del planeta, el país se encuentra en una región que podría convertirse en una línea de contención frente a la expansión del yihadismo hacia la costa atlántica.
Para el Partido del Progreso de Guinea Ecuatorial (PPGE), y especialmente para su presidente, Armengol Engonga, esta cuestión constituye una preocupación prioritaria. El riesgo no es solo el avance del extremismo, sino la posibilidad de que Estados frágiles o aislados geopolíticamente queden expuestos a dinámicas de desestabilización que terminen favoreciendo a redes terroristas o criminales.
Los motivos por los que el yihadismo logra captar adeptos en distintas regiones africanas tienen que ver precisamente con esas condiciones de fragilidad institucional, pobreza estructural, ausencia de oportunidades económicas, corrupción y falta de confianza de la población en las instituciones del Estado. Cuando los ciudadanos perciben que el Estado no les protege ni les ofrece un horizonte de progreso, aumenta la vulnerabilidad frente a discursos radicales que prometen orden, identidad o justicia. En ese sentido, un futuro gobierno en Guinea Ecuatorial que aplique el proyecto político del PPGE —basado en instituciones sólidas, Estado de derecho, desarrollo económico y apertura internacional— contribuiría a desincentivar que sectores de la población se sientan atraídos por opciones extremistas.
Por ello, resulta fundamental que Guinea Ecuatorial se integre plenamente en la órbita política y estratégica de las democracias occidentales. La cooperación con Estados Unidos, la Unión Europea y sus aliados no debe entenderse únicamente como una cuestión diplomática o económica, sino como un elemento esencial para la seguridad regional.
El fortalecimiento institucional, la cooperación en materia de seguridad marítima, la lucha contra el crimen organizado y el apoyo a la construcción de un Estado democrático y de derecho son pilares indispensables para evitar que el Golfo de Guinea se convierta en una nueva frontera de expansión del yihadismo.
Garantizar que Guinea Ecuatorial forme parte de un espacio de cooperación occidental fuerte y estable no es solo una cuestión de política nacional. Es también una inversión estratégica para la seguridad del Golfo de Guinea, para la estabilidad de África occidental y para la defensa de los valores democráticos en el continente.
Al mismo tiempo, no puede ignorarse el riesgo de que un eventual gobierno encabezado por un dirigente inestable y carente de sentido de Estado pueda llevar al país a establecer alianzas peligrosas con actores o redes extremistas como forma de garantizar su permanencia en el poder. En un contexto regional marcado por la expansión del yihadismo, este tipo de decisiones tendría consecuencias potencialmente graves no solo para Guinea Ecuatorial, sino para todo el Golfo de Guinea.
Por ello, la pregunta que debe plantearse con claridad es sencilla pero decisiva: ¿con quién quiere estar Guinea Ecuatorial? ¿Con el mundo democrático occidental, basado en el Estado de derecho, la cooperación internacional y la estabilidad institucional? ¿O con regímenes autoritarios, totalitarios o extremistas que utilizan el aislamiento internacional y las alianzas estratégicas opacas como herramienta de supervivencia política, como ocurre con el régimen iraní?
El futuro de la región y de Guinea Ecuatorial dependerá, en buena medida, de que los países situados en esta franja atlántica logren consolidar instituciones sólidas, economías abiertas y alianzas internacionales que refuercen su seguridad frente a los desafíos del siglo XXI.

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