Editorial
El próximo 20 de agosto, Constancia Mangue de Obiang cumplirá 74 años. Para esa fecha, se prepara un acto de homenaje en el que se obliga a muchas mujeres a contribuir con dinero y presencia. La paradoja es hiriente: rendir honores a quien ha hecho de la humillación y el expolio su modo de gobernar en la sombra.
La ceremonia, además, se enmarca en un momento delicado para el propio clan presidencial. El hermano de Constancia, Victoriano Bibang Nsue Ocom, actual ministro de Defensa, atraviesa una grave enfermedad. Su ausencia en actos públicos ya es notoria y el secretismo con el que intentan ocultar su situación, lejos de disipar rumores, los multiplica. En este contexto, el régimen busca exhibir fortaleza a través de fastos y homenajes, pero el trasfondo revela un poder que tambalea.

La “Primera en Todo” en su trono
Lejos de ser un gesto libre, el acontecimiento se impone con coacciones. En las últimas semanas circulan grabaciones en donde se escucha a emisarios exigiendo, en tono de ultimátum, que las esposas de los militares entreguen sumas obligatorias para la fiesta de la Primera Dama. No se trata de una invitación, sino de una orden bajo amenaza, amparada en el miedo: la advertencia es clara, “quien no cumpla, que se atenga a las consecuencias”.
A este chantaje económico se suma una imposición aún más abusiva: el día del cumpleaños de la primera dama, todos los mercados del ámbito nacional permanecerán cerrados. No se trata de una decisión espontánea de las vendedoras, sino de una orden dictada desde arriba: todas las mujeres que trabajan en ellos deberán acudir a cantar y alabar a la dama que, de hecho, tiene secuestrado el mercado comercial de nuestro país. Así, el régimen no solo exprime sus bolsillos, sino que paraliza la vida económica y priva a las familias del sustento diario para alimentar el culto a la persona de Constancia Mangue.

Un coro de esforzadas aduladoras
El resultado es insultante: familias que ya viven con salarios exiguos son obligadas a sufragar el derroche de una mujer que presume de filantropía mientras engorda cuentas privadas en el extranjero. La imagen no puede ser más cruel: en Guinea Ecuatorial incluso los cumpleaños del clan gobernante se convierten en un peaje impuesto a los más débiles.
Frente a este atropello, el Partido del Progreso de Guinea Ecuatorial (PPGE) lanza un mensaje inequívoco: nadie debe acudir a esta ceremonia de sumisión. Ninguna mujer está moralmente obligada a convertirse en comparsa del régimen. La forma más eficaz de resistencia es el vacío: que la sala quede desierta, que el boato quede reducido a su círculo de aduladores y que el silencio social hable más alto que los discursos oficiales.

La dura realidad de supervivencia de los guineanos
La historia nos recuerda que la resistencia civil puede ser poderosa. En Irlanda, a finales del siglo XIX, los campesinos enfrentados a la explotación de los terratenientes respondieron con una táctica inesperada: dejaron de trabajar para el administrador Charles Boycott, se negaron a venderle y lo aislaron por completo. La presión social fue tan fuerte que tuvo que marcharse del país. De su nombre nació una de las armas más pacíficas y efectivas de la lucha: el boicot.
Ese mismo espíritu invocamos hoy. No asistir, no colaborar, no legitimar. Boicotear no es quedarse de brazos cruzados: es un gesto firme de rechazo, un acto de dignidad frente a la tiranía.
Que el 20 de agosto no pase a la historia como el cumpleaños de una primera dama endiosada, sino como la fecha en que las mujeres y el pueblo de Guinea Ecuatorial comenzaron a decir “basta” con un boicot que simbolice el inicio de la verdadera libertad.


