Por Juan Cuevas, Secretario de Formación del PPGE
La dictadura cubana parece acercarse a un momento de agotamiento histórico. Tras más de seis décadas de régimen comunista, la isla atraviesa una de las crisis económicas y sociales más graves desde el colapso de la Unión Soviética. Escasez crónica de alimentos, apagones prolongados, hospitales sin recursos, salarios incapaces de cubrir las necesidades básicas y un éxodo masivo de ciudadanos describen hoy la realidad de un país que durante décadas fue presentado como uno de los grandes símbolos del socialismo mundial.
Sin embargo, lo que hoy ocurre en Cuba no es un accidente reciente ni el resultado de una crisis coyuntural. Es la consecuencia lógica de un modelo político y económico que, desde 1959, prometió justicia social y prosperidad, pero que ha terminado produciendo pobreza estructural, represión política y una dependencia permanente de subsidios extranjeros.

La revolución encabezada por Fidel Castro se construyó sobre una narrativa poderosa: la de la liberación de Cuba frente a la dictadura de Fulgencio Batista. Batista representaba un régimen autoritario marcado por la corrupción y las desigualdades sociales, y la revolución supo capitalizar el descontento de amplios sectores de la sociedad cubana. Sin embargo, con el paso del tiempo la propaganda revolucionaria logró imponer un relato simplificado que ocultaba un dato fundamental: antes de la revolución comunista, Cuba era uno de los países económicamente más dinámicos de América Latina.
En la década de 1950, la isla tenía uno de los niveles de ingreso per cápita más altos de la región, una infraestructura relativamente desarrollada y una economía integrada en el comercio internacional. La Cuba de Batista no era una democracia consolidada, pero tampoco era el país arruinado que la propaganda revolucionaria presentó posteriormente para justificar la instauración del comunismo.

La revolución no heredó un país destruido. Lo que hizo fue destruir un país que tenía las bases económicas necesarias para evolucionar hacia una democracia moderna y una economía abierta.
El nuevo régimen implantó una economía completamente centralizada, eliminó la propiedad privada en la mayor parte de los sectores productivos y subordinó el desarrollo del país a una planificación estatal rígida. Desde ese momento, la supervivencia económica del sistema dependió fundamentalmente de ayudas externas.
Durante la Guerra Fría, Cuba sobrevivió gracias a la Unión Soviética, que transfirió enormes recursos económicos a la isla para sostener el experimento comunista en el Caribe. Cuando la URSS colapsó en 1991, la economía cubana entró en una crisis devastadora conocida como el “Período Especial”. Décadas más tarde, el régimen encontró un nuevo salvavidas en Venezuela, que durante años suministró petróleo subsidiado a cambio de cooperación política y médica.
Pero el modelo económico nunca logró generar prosperidad real ni autosuficiencia productiva. Hoy, cuando esos apoyos externos se han debilitado, la fragilidad estructural del sistema ha quedado completamente expuesta.
La crisis que viven los cubanos se refleja en la vida cotidiana. El desabastecimiento de productos básicos es permanente. Los apagones eléctricos se han convertido en parte de la rutina diaria. Los hospitales carecen de medicamentos esenciales y muchos profesionales cualificados abandonan el país en busca de oportunidades. El salario medio apenas permite sobrevivir en una economía marcada por la inflación y la escasez.

Un hombre es detenido durante una manifestación contra el gobierno cubano el domingo en La Habana.Credit..France-Presse
Esta realidad ha provocado uno de los mayores éxodos de la historia contemporánea de América Latina. Desde el triunfo de la revolución en 1959, varios millones de cubanos han abandonado la isla. Solo en los últimos años cientos de miles han emigrado hacia Estados Unidos y otros países de la región, en una fuga masiva que refleja la desesperación de una sociedad que ya no encuentra futuro en su propio país.
El éxodo cubano no es únicamente económico. Es también profundamente político. Cada ola migratoria —desde el éxodo del Mariel en 1980 hasta las recientes oleadas migratorias de los últimos años— ha sido el reflejo de un sistema incapaz de ofrecer libertad y prosperidad a su población.
Pero el impacto histórico de la revolución cubana no se limita al interior de la isla. Desde sus primeros años, el régimen de Castro adoptó una estrategia geopolítica orientada a exportar su modelo revolucionario y a consolidar alianzas con otros regímenes autoritarios.
Durante décadas, Cuba desempeñó un papel activo en conflictos internacionales, especialmente en África. La presencia militar cubana en Angola y Etiopía durante la Guerra Fría fue una de las mayores intervenciones extranjeras del continente africano en el siglo XX. Miles de soldados cubanos participaron en esos conflictos en nombre de la solidaridad revolucionaria, pero también como parte de la estrategia global del bloque soviético.
Más allá de las intervenciones militares, Cuba construyó una extensa red de influencia política en África, basada en la cooperación militar, médica y educativa. Esa política permitió al castrismo proyectar una imagen internacional de solidaridad antiimperialista, pero también contribuyó a reforzar la legitimidad de numerosos regímenes autoritarios.
Entre ellos se encuentra la dictadura de Guinea Ecuatorial, que durante décadas ha mantenido vínculos estrechos con La Habana. La cooperación médica cubana ha sido uno de los instrumentos más visibles de esa relación, pero el vínculo político entre ambos regímenes forma parte de una lógica más amplia: la alianza entre sistemas autoritarios que encuentran en la retórica revolucionaria una forma de legitimación internacional.
Sin embargo, esa visión no es compartida por todos los actores políticos africanos. En Guinea Ecuatorial, el Partido del Progreso de Guinea Ecuatorial (PPGE) defiende una alternativa radicalmente distinta: una transición democrática que permita abrir el país a una economía liberal, basada en la iniciativa privada, la inversión internacional y la integración con las democracias occidentales. Frente a los modelos autoritarios que durante décadas han buscado legitimarse mediante alianzas ideológicas, el PPGE propone una visión de desarrollo fundada en instituciones democráticas, seguridad jurídica y cooperación con los países que han construido sociedades abiertas y prósperas.

El Presidente y sus directivos durante una jornada de estudio sobre metodología para la transición a la democracia en Guinea Ecuatorial.
El contraste entre ambos modelos refleja uno de los grandes debates políticos del mundo contemporáneo. De un lado, los sistemas autoritarios que han intentado perpetuarse mediante discursos revolucionarios o nacionalistas. Del otro, las sociedades que apuestan por la libertad política, la economía abierta y la integración en el sistema internacional basado en reglas.
Hoy, cuando la revolución cubana entra en su fase final, su legado histórico puede analizarse con mayor claridad. Durante décadas, el castrismo fue presentado como una alternativa moral frente al capitalismo occidental. Intelectuales y movimientos políticos de todo el mundo vieron en la revolución cubana un símbolo de emancipación.
La realidad, sin embargo, ha sido muy distinta.
Tras más de sesenta años de comunismo, Cuba es un país empobrecido, dependiente y marcado por el exilio masivo de su población. Un país donde el Estado controla la vida política, económica y social, y donde la libertad individual sigue siendo una promesa incumplida.
La revolución que prometió liberar a Cuba terminó convirtiéndose en una de las dictaduras más longevas del mundo contemporáneo.
Y hoy, cuando el sistema parece acercarse a su agotamiento definitivo, lo que queda no es el mito revolucionario que durante décadas fascinó a parte de la izquierda internacional.
Lo que queda es un país exhausto, millones de exiliados y una lección histórica difícil de ignorar: las revoluciones que prometen construir el paraíso suelen terminar dejando tras de sí un legado de ruina.


