Por Redacción de El Confidencial
Toda cruel dictadura genera un exilio político. Es ley histórica. Y la de Teodoro Obiang Nguema no es la excepción, sino uno de los ejemplos más extremos. En Guinea Ecuatorial, quien osa alzar la voz contra el régimen, quien denuncia públicamente la corrupción, la represión o el expolio sistemático de nuestro país, se encuentra ante un ultimátum infame: “plata o plomo”.
O te pliegas al dictador y participas del saqueo, o te preparas para la cárcel, la tortura o la muerte. Y en medio de esa disyuntiva inhumana, algunos valientes eligieron una tercera vía: el exilio.
No lo hicieron por comodidad ni por cobardía. Lo hicieron por dignidad. Lo hicieron para preservar la vida, para seguir denunciando, para mantener encendida la antorcha de la libertad. Lo dejaron todo atrás: familia, tierra, historia, raíces. Y se arrojaron a un mundo desconocido, con frío, soledad, miedo y escasez. Un mundo que no siempre entiende lo que significa huir de una tiranía asesina.
La burla que viene del poder… y de algunos “cómodos”
Lo más lacerante no es solo que el régimen de Obiang se burle de los exiliados, que los acuse, los persiga y los desprecie mientras ellos viven en condiciones precarias y con el alma rota. Lo verdaderamente doloroso es que algunas voces —por interés, ignorancia o vileza— cuestionen desde el propio exilio la legitimidad de quienes lo sufren.
Se acusa a los exiliados de buscar protagonismo, de vivir de la crítica, incluso de merecer el abandono que padecen. ¿Quién se atreve a decir eso cuando muchos de ellos no pudieron enterrar a sus padres, a sus hermanos, a sus hijos, porque su regreso significaría una sentencia de muerte?
¿Quién se atreve a cuestionar al que arriesga su vida denunciando desde Europa los crímenes de un régimen que todavía secuestra opositores fuera del país, como ya ha hecho en Sudán del Sur, Nigeria o Senegal?
El exilio no es una vergüenza: es un acto de resistencia
El exilio guineano está compuesto en su mayoría por hombres y mujeres honestos, coherentes y valientes. Personas que decidieron vivir con lo justo, pero con la conciencia limpia. Que decidieron enfrentarse al olvido y a la miseria, antes que ser cómplices del verdugo.
No todos han podido mantenerse firmes —es cierto—, porque el exilio también destruye. Algunos han claudicado, otros se han dejado tentar, y unos pocos han sido infiltrados por el propio régimen. Pero eso no invalida la nobleza de la causa ni la legitimidad de la denuncia.
El exilio no es el problema, es la única solución posible mientras Obiang y su clan sigan secuestrando el país. El exilio es la palanca moral y política que ayudará a mover a los guineanos hacia la democracia cuando esa familia desaparezca.
Contra el cinismo: dignidad
A quienes cuestionan al exilio desde la comodidad de su silencio o desde las filas del poder, les decimos esto:
“La precariedad de muchos opositores en el exilio no es consecuencia de la crítica al régimen, sino del régimen mismo. La dictadura en Guinea Ecuatorial ha obligado a decenas de periodistas, activistas y políticos a abandonar su tierra bajo la amenaza constante del dilema ‘plata o plomo’. Los que hoy sobreviven con dificultades en Europa no lo hacen por gusto, sino porque eligieron la dignidad y la verdad antes que el silencio cómplice.”
Mientras el régimen de Obiang malgasta millones en hoteles de lujo, relojes suizos y fiestas privadas, los exiliados viven con lo justo, pero luchan por lo que es justo. Esa diferencia lo dice todo.
El exilio es sacrificio, pero también es esperanza. Es dolor, pero también es resistencia. Es pérdida, pero también es amor a Guinea. Y eso no se cuestiona. Se honra.


