Editorial
En Guinea Ecuatorial, las Fuerzas Armadas atraviesan una de las crisis más profundas de su historia reciente. Bajo la sombra de la dictadura, los militares viven sometidos a un férreo control y vigilancia constante. La desconfianza del régimen hacia sus propias tropas es tan evidente que muchos soldados, si no fuese por las conexiones de Obiang con los gobiernos vecinos, desertarían cada mañana tras la formación.
El contingente castrense se ha reducido de manera significativa, no solo por la precariedad, sino también porque el poder desconfía de parte de sus efectivos y prefiere apartarlos. A quienes permanecen en filas, se les mantiene con sueldos de miseria, mientras los mercenarios extranjeros contratados por el clan presidencial cobran sueldos muy superiores. La diferencia es humillante: los soldados ecuatoguineanos no tienen ni uniformes ni equipamiento adecuado, y para colmo, la esposa del presidente ha ordenado la deducción de una parte importante de sus salarios para un material que nunca recibieron.

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El desencanto en las filas militares es palpable. La tropa se siente tratada peor que esclavos, zarandeada de un destino a otro como si fueran sacos de cacao en el secadero: cada semestre, e incluso cada trimestre, los soldados son desplazados arbitrariamente por orden directa del dictador. La inestabilidad es total, y la falta de dignidad en el trato a los militares refleja el grado de descomposición del Estado.
Como si la miseria no fuese suficiente, cada día aparecen casos de asesinatos y muertes inexplicables entre los uniformados. El miedo y la sospecha se han instalado en los cuarteles: nadie se siente seguro, ni dentro ni fuera de servicio. Estas muertes, nunca esclarecidas, agravan la desconfianza y aumentan la frustración de unas fuerzas armadas que, en teoría, deberían ser garantes de la soberanía nacional, pero que en la práctica están reducidas a rehenes de un régimen que no confía en ellas.

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La paradoja es que la Primera Dama, sin función ejecutiva reconocida, ha extendido su influencia en todos los rincones del poder, incluidas las Fuerzas Armadas, a través de su hijo. Guinea Ecuatorial no está gobernada por instituciones, sino por los caprichos de una familia que confunde el país con su patrimonio privado.
En medio de esta crisis, la población ha recibido una noticia insólita. A partir del 25 de agosto, el Gobierno encabezado por el primer ministro Manuel Osa se trasladará de manera indefinida a la parte continental, instalándose en Bata. Una vez llegados, se procederá incluso a retirar los pasaportes a todos los miembros del Ejecutivo y altos cargos (Secretarios Generales, Directores Generales e Interventores).

Constancia Mangue, la metomentodo
Lejos de ser una medida de gestión, el traslado del Gobierno parece más bien un ejercicio de distracción, un “gobierno itinerante” que busca marear la perdiz y entretener a la opinión pública en lugar de afrontar los graves problemas del país.
Mientras tanto, en los cuarteles, los soldados siguen esperando un uniforme decente, un sueldo digno y un mínimo respeto a su labor. Pero en Guinea Ecuatorial, la lealtad se compra con privilegios a los mercenarios y se castiga a los nacionales con miseria.

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El Partido del Progreso de Guinea Ecuatorial (PPGE) ha denunciado esta situación de “desprecio y minusvaloración sistemática de las Fuerzas Armadas”, señalando que “los militares guineanos, que deberían ser pilar de la defensa nacional, son tratados como esclavos modernos, explotados, humillados y abandonados a su suerte mientras una élite parasitaria se enriquece a costa de su sacrificio”.

El Presidente del PPGE, Armengol Engonga, ha manifestado que: «El ejército de Guinea Ecuatorial, sometido al control de la dictadura, ha dejado de ser una fuerza al servicio del pueblo para convertirse en un instrumento de represión.”
El PPGE subraya que la represión interna, los traslados arbitrarios, las muertes nunca aclaradas y la corrupción que rodea a los suministros militares son la prueba de que el régimen de Obiang no solo desmantela las instituciones civiles, sino también las castrenses.


