Por Armengol Engonga Ondo. Presidente del Partido del Progreso de Guinea Ecuatorial
En nuestro recorrido semanal sobre la actualidad de nuestro amado y magnífico país, Guinea Ecuatorial, no podemos sino constatar, una vez más, el nivel de descomposición en que se encuentra el régimen dictatorial que oprime a nuestro pueblo desde hace más de 45 años.
La situación política es caótica y aberrante. Al frente del gobierno ya no hay nadie que realmente tome decisiones. El país navega a la deriva, sin timón ni rumbo, porque el dictador Teodoro Obiang Nguema está gravemente enfermo y concentrado únicamente en su tratamiento médico para prolongar su vida a cualquier precio. Mientras tanto, su hijo y actual vicepresidente, Teodorín Obiang, libra una guerra interna contra altos mandos militares, en un intento desesperado por afianzar su camino hacia la sucesión.

Lo que ocurre en el seno del Ejército Nacional merece especial atención. Fuentes fiables nos confirman que algunos generales han sido detenidos sin explicación clara, mientras que otros han sido despojados de todo mando operativo e incluso desarmados. El dictador ya no confía en ellos. En su lugar, deposita su seguridad en los mercenarios extranjeros que conforman su guardia personal. ¿Qué puede esperarse de un régimen que teme tanto a sus propios generales como a su propio pueblo?
Lo más significativo es que, aunque los generales se mantienen oficialmente fieles a Obiang padre, expresan abiertamente su malestar ante la posible sucesión de su hijo. Lo consideran un hombre sin preparación, sin liderazgo, y con un historial público que avergüenza incluso a los más tolerantes dentro del régimen. La idea de que el país pase de padre a hijo como si se tratase de una finca familiar es rechazada por muchos, incluso dentro del círculo militar.
Este creciente malestar dentro del estamento castrense no es una anécdota: es una señal clara de que el régimen está en su fase terminal.

En el ámbito internacional, el aislamiento del régimen es cada vez más evidente. La Unión Europea, Estados Unidos, el Reino Unido, la Unión Africana y diversas organizaciones multilaterales han cerrado filas ante las constantes violaciones de derechos humanos y la corrupción estructural del clan Obiang. Los flujos financieros internacionales están bloqueados, las grandes empresas de infraestructuras han abandonado el país porque no cobran, y los ingresos por petróleo y gas han caído drásticamente. La opulencia de la familia presidencial contrasta brutalmente con el sufrimiento del pueblo, que pasa hambre y carece de lo más básico: comida, electricidad, medicamentos, vivienda, agua potable y educación.
La dictadura ha degenerado en un aparato puramente represivo. El secuestro de opositores desde el extranjero, la persecución judicial de empresarios españoles —como es el reciente caso del empresario andaluz José Luis Romero, que ha sido objeto de una absurda orden de búsqueda internacional— o la represión dentro del país son manifestaciones de un régimen que solo sabe gobernar con miedo, chantaje y violencia.

Pero desde el exilio y con todos los guineos ecuatorianos de bien, seguimos firmes, organizados y preparados. No estamos aquí solo para denunciar: estamos aquí para ofrecer soluciones. Para unir sensibilidades. Para tender la mano incluso a aquellos que hoy, dentro del aparato, están empezando a abrir los ojos y a darse cuenta de que la dictadura no tiene futuro. No dejaremos a nadie atrás. No sobra nadie en la nueva Guinea Ecuatorial democrática que vamos a construir.
Porque la esperanza está más viva que nunca. Porque cada día estamos más cerca de la libertad. Porque el pueblo ha resistido, y ahora empieza a alzarse con dignidad y determinación.
Juntos reconstruiremos nuestra patria. Juntos haremos justicia. Y juntos celebraremos el renacer de una nación donde quepamos todos.


