De la redacción
Una mujer quema un velo en mitad de la noche. No está sola. A su alrededor, un pueblo observa en silencio primero, y luego despierta. No es un gesto menor ni una provocación: es una ruptura. En ese fuego pequeño arde algo mucho más grande que una prenda. Arde el miedo. Arde la obediencia. Arde la idea de que el poder puede decidir hasta cómo debe respirar una mujer.
Irán arde —y no arde por un trozo de tela— arde por lo que representa: el derecho elemental a vivir sin permiso.
En 2022, la muerte de Mahsa (Jina) Amini, detenida por la “policía de la moral” por supuestamente llevar mal el velo, se convirtió en el catalizador de una protesta que ya no era solo por una prenda: era por dignidad, derechos y miedo acumulado.

Durante años, los ayatolás han pretendido gobernar la moral para gobernar la nación. Han convertido el cuerpo de la mujer en frontera política: donde empieza el miedo, termina la libertad. Por eso el grito “Mujer, Vida, Libertad” es mucho más que un lema: es una sentencia. Cuando una mujer decide salir a la calle sin obedecer, la tiranía entiende que ya no controla el alma del país.
Y, sin embargo, como todas las dictaduras, el régimen iraní confunde autoridad con terror. Responde como responde siempre el poder ilegítimo: apagando internet, deteniendo en masa, disparando para que el resto aprenda. Hay informes que hablan de decenas o cientos de muertos, miles de arrestos y munición real contra manifestantes desarmados. No es “orden público”. Es pedagogía del miedo: hacer del precio de la protesta una advertencia para los vivos.
La chispa inmediata puede ser económica —la caída del rial, la vida encarecida, el futuro robado—, pero la gasolina es política. Décadas de humillación cotidiana, corrupción estructural, represión y mentira institucional. Cuando la moneda se desploma, el pan se vuelve más caro; cuando el miedo se desploma, el régimen se vuelve mortal.
No nos engañemos: Irán no es un problema local. Es un nodo clave de un sistema internacional de supervivencia autoritaria. Los mismos regímenes que se aplauden entre sí, se financian, se asesoran y se protegen. Irán ha sido durante años apuntalamiento ideológico y operativo de aliados y satélites: el manual del control social, la represión tecnológica, la propaganda permanente y la “policía moral” adaptada a cada latitud.
Venezuela lo ha vivido. Y allí también ha sido una mujer quien ha puesto nombre, rostro y coraje a la resistencia democrática. María Corina Machado ha demostrado que el liderazgo femenino no solo resiste: conduce, organiza y desafía al poder cuando este creía haberlo capturado todo. Cuando una dictadura empieza a temer a una mujer que no se calla, es que algo esencial ya se ha roto.

María Victoria Udjilo, Secret. Mujer e igualdad del PPGE
¿Y Guinea Ecuatorial? Guinea no es ajena a este tablero. Quien crea que Malabo está aislado no entiende cómo funciona la dictadura moderna: se alimenta de redes, de socios, de silencios interesados y de cinismos geopolíticos. La presencia y la influencia de actores autoritarios en África no es casualidad; es estrategia. Y el régimen de Obiang, como tantos otros, ha sobrevivido porque durante demasiado tiempo el mundo ha preferido “estabilidad” a justicia.
Pero hay algo que el poder ya no controla. En la lucha por la libertad en Guinea Ecuatorial, la mujer guineana es protagonista principal. Lo es con sus audios valientes, con sus vídeos grabados a riesgo personal, con sus denuncias directas, sin intermediarios ni miedo aprendido. Son ellas quienes están rompiendo el cerco del silencio, quienes documentan el abuso, quienes ponen voz y rostro a lo que durante años se quiso ocultar. Cuando una mujer guineana habla, el régimen tiembla, porque sabe que la verdad —una vez dicha— ya no vuelve a la jaula.
Pero 2026 puede ser un año de grietas. Puede ser el año en que empiecen a caer dictaduras que parecían eternas. Cuba arrastra casi setenta años de autoritarismo: el dato ya no impresiona tanto como la pregunta que se abre paso incluso entre los suyos. ¿Cuánto más puede durar un sistema que solo se sostiene castigando a su gente? Y cuando lo imposible empieza a ocurrir en un lugar, lo imposible se vuelve imaginable en otros.
En Irán la esperanza tiene rostro de mujer —y por eso la dictadura dispara—. En Venezuela, la esperanza también ha tenido voz de mujer. En Guinea Ecuatorial, la esperanza habla en femenino y se difunde en audios, vídeos y denuncias que cruzan fronteras. Porque la mujer es el futuro: educa, cuida, organiza, recuerda, transmite y, cuando llega el momento, conduce. No hay revolución democrática sin las mujeres. No hay libertad verdadera si la mitad de la sociedad vive bajo vigilancia, miedo o silencio impuesto.

La mujer guineana, protagonista en la lucha por la libertad
A quienes luchamos por la libertad en Guinea Ecuatorial nos quieren cansados, divididos, resignados. Nos quieren convencidos de que la historia no cambia. Pero la historia cambia exactamente cuando los pueblos dejan de pedir permiso. Cambia cuando el miedo se desplaza de las calles a los palacios.
Irán nos está recordando algo antiguo y profundamente verdadero: los regímenes no se sostienen por la eternidad, sino por la obediencia. Y la obediencia se rompe. A veces con un grito. A veces con una llama.
Y entonces, por fin, el llamado “eje del mal” descubre su secreto más vergonzoso:
que también tiembla.


