Redacción El Confidencial
En Niefang y en Ebibeyin, a pesar de la insistencia de la dictadura, los actos por la fiesta nacional del 3 de agosto apenas congregaron a una veintena de personas. En Niefang, una fotógrafa se atrevió a inmortalizar la escena y compartirla. El precio fue alto: detención, interrogatorio y una “rectificación” forzada. En Ebibeyin, el régimen ha exigido explicaciones a los responsables locales del PDGE por la ausencia de público. Es un síntoma claro de que la población de Guinea Ecuatorial ya pasa de Obiang, incluso aunque ello conlleve el riesgo de represalias.
En los últimos días, las imágenes que han circulado en redes sociales desde Niefang han vuelto a mostrar la crudeza de la represión desatada contra quienes se negaron a obedecer la orden de la dictadura de acudir masivamente a los fastos del 3 de agosto. Entre los rostros conocidos que dirigen este despliegue de intimidación destaca un nombre que, para muchos guineanos, es sinónimo de traición y brutalidad: Heriberto Meco, actual ministro de Seguridad y uno de los ejecutores más implacables de Obiang Nguema. Su historia encierra una ironía macabra: de hijo de un maestro asesinado a brazo armado del régimen.
Su padre, Patricio Meco, fue un maestro formado en la prestigiosa Escuela Superior Indígena durante la etapa colonial española. Educador respetado y miembro de una generación que apostaba por el progreso y la cultura, Patricio formaba parte de aquella élite intelectual que los regímenes de Macías primero y Obiang después consideraron peligrosa. En los años más oscuros de la represión, Patricio Meco fue ejecutado sumariamente en Ngoló Ayóp, junto a otros funcionarios y docentes, por orden directa de Obiang. Sin embargo, lejos de romper con el verdugo de su padre, Heriberto se integró en el núcleo duro de la dictadura, ascendiendo hasta convertirse en uno de sus principales instrumentos de represión. Un fenómeno que, por supervivencia, miedo o conveniencia, se ha repetido en otros hijos y viudas de víctimas del régimen.
Durante décadas, Meco operó desde la embajada de Guinea Ecuatorial en Nigeria, con competencias sobre Benín, Togo y otros países de la región. Para numerosos refugiados políticos, estos lugares eran la última estación antes de la libertad; pero su presencia los convirtió en trampas mortales. Allí, su misión real era localizar y traicionar a opositores en el exilio, entregándolos al régimen para su encarcelamiento, tortura o ejecución. En el Partido del Progreso y otras organizaciones de la diáspora se recuerdan casos concretos de compatriotas que, confiando en sus promesas de “regreso seguro”, acabaron pagando con su vida.

Heriberto Meco: «cuando él se acercaba temblámbamos de miedo», nos comentaba un opositor
Con los años, Meco perfeccionó un método de manipulación que mezcla tentaciones y amenazas veladas. A numerosos opositores en el extranjero les ha repetido la misma fórmula: “Vuelve a Guinea. El Presidente te recibirá, te dará trabajo y dinero. Aquí está tu familia esperándote”. Un discurso que apela a la nostalgia y a la necesidad económica, pero que en realidad busca desactivar la lucha política en el exilio.
Esta labor responde al miedo que se contagia en el entorno del dictador. Obiang Nguema y su círculo saben que su poder es cada vez más frágil, temen la presión internacional y la organización del exilio, y se aferran a sicarios como Meco para sofocar cualquier brote de disidencia. Como en la obra El condenado por desconfiado, la paranoia del dictador termina contaminando a sus propios hombres, conscientes de que sus crímenes no prescriben y que el tiempo de rendir cuentas se acerca.

El exilio guineano en un acto de repudio de la dictadura frente a la embajada de Guinea E en Madrid
Heriberto Meco, hijo de una víctima del régimen, ha optado por convertirse en verdugo. Su trayectoria simboliza la perversión moral de un sistema que se alimenta del miedo, la traición y la violencia para sostenerse.
Por eso, miles de guineanos llevan décadas sin poder volver a su tierra. El exilio no es una elección cómoda, sino una medida de supervivencia ante un régimen que castiga incluso la ausencia en un acto oficial. Dentro de Guinea, cualquier intento de oposición real es asfixiado antes de nacer: la vigilancia es constante, la represión es inmediata y las consecuencias, irreversibles. Mientras la dictadura convierta la vida diaria en una trampa y la política en un delito, la lucha por la libertad seguirá teniendo que librarse, dolorosamente, desde fuera.


