Por Juan Cuevas, Secretario de Formación PPGE
La democracia sigue siendo una promesa lejana en buena parte del continente africano. Aunque se han dado avances tímidos y transiciones parciales, la realidad es que los sistemas democráticos no terminan de consolidarse ni de arraigarse en la cultura política de muchos países. Las razones de esta resistencia son múltiples y profundamente estructurales.
En primer lugar, está el peso histórico del colonialismo. África no nació de sí misma como conjunto de naciones, sino que fue trazada desde fuera, sin tener en cuenta pueblos, historias ni identidades. Las potencias coloniales impusieron estructuras administrativas extractivas que, después de la independencia, fueron heredadas por élites locales formadas para administrar, pero no para gobernar democráticamente a sus pueblos. Esta dependencia no terminó con las independencias, porque muchas excolonias continuaron ligadas económica y políticamente a las metrópolis o a nuevos actores que perpetúan formas de control y dependencia, en lo que se conoce como neocolonialismo.
Hoy, asistimos a una nueva etapa en la que, aprovechando el descrédito de las potencias occidentales en el continente, emergen nuevas figuras carismáticas que, con el respaldo de una propaganda hábilmente dirigida, se presentan como salvadores del pueblo frente al imperialismo. Sin embargo, bajo ese rostro amable y revolucionario, se va instalando un nuevo autoritarismo que repite los mismos vicios del pasado: represión de la disidencia, culto a la personalidad, restricción de libertades y ausencia de alternancia. Lo que se anuncia como liberación puede terminar, una vez más, en el encierro del pueblo bajo una nueva dictadura revestida de lenguaje patriótico y emancipador.
A ello se suma la impronta de los hombres fuertes, figuras que encarnan el poder como una autoridad absoluta y paternalista, más que como un mandato ciudadano. La transición de muchos países africanos tras la independencia fue directamente del dominio colonial a regímenes autoritarios, sin pasar por una cultura democrática auténtica. Mobutu en Zaire, Macías y su sobrino Obiang en Guinea Ecuatorial, Idi Amin en Uganda o Samora Machel en Mozambique son ejemplos de líderes que construyeron regímenes basados en la represión, el miedo y la concentración de poder. Barack Obama lo dijo claramente en su discurso en Accra: África no necesita hombres fuertes, sino instituciones fuertes. Pero esa transformación sigue pendiente.
Otro elemento clave es el tribalismo. En muchas sociedades africanas, la identidad de grupo pesa más que la individualidad, lo cual entra en tensión con los principios fundamentales de la democracia liberal, que se basa en la ciudadanía como sujeto de derechos y deberes. En muchos países se vota, no tanto por ideas o programas, sino por lealtades étnicas o familiares. Esto convierte las elecciones en extensiones de conflictos tribales y dificulta la creación de partidos políticos verdaderamente nacionales.
La falta de una tradición ideológica sólida también frena la democracia. Muchos partidos son más bien vehículos personales de poder, que organizaciones con una visión clara del país que quieren construir. No existen debates ideológicos fuertes ni propuestas de fondo, sino promesas coyunturales, centradas en el acceso al poder o a los recursos. Sin estructuras internas democráticas, ni vocación de servicio público, la política se convierte en una lucha por el control del Estado más que en un proyecto colectivo.
La debilidad del sentimiento de unidad nacional también es un factor importante. Muchos países africanos aún luchan por construir un “nosotros” común, que supere las diferencias tribales, lingüísticas o religiosas. Sin esa base compartida, es difícil que prospere una democracia sólida, porque no se desarrolla una conciencia de ciudadanía ni una confianza mínima en las instituciones comunes.
A todo esto se suma la falta de educación cívica y política en amplios sectores de la población, lo cual facilita la manipulación, la compra de votos y el clientelismo. Sin una ciudadanía crítica, informada y participativa, no puede haber democracia verdadera, porque los ciudadanos se convierten en meros espectadores o víctimas de las élites gobernantes.
Podemos ver ejemplos concretos, como el caso de Guinea Ecuatorial, nuestro país, donde tras más de cinco décadas de dictadura no existen elecciones libres ni pluralismo político real. O Etiopía, donde el federalismo étnico ha alimentado conflictos internos más que cohesionarlos. O Sudán del Sur, el país más joven del mundo, que no ha logrado estabilizarse ni construir instituciones desde su independencia. Incluso Ruanda, donde, aunque se ha logrado estabilidad y crecimiento, se mantiene una estructura de poder altamente centralizada y controlada.
Pero África no está condenada al autoritarismo. Hay ejemplos de avances democráticos, aunque frágiles, como Ghana o Senegal, donde se han producido alternancias pacíficas y donde hay sociedades civiles cada vez más activas y conscientes. El problema no es cultural ni genético, como algunos insinúan con prejuicio. El problema es estructural, político y educativo, y requiere tiempo, voluntad y liderazgo auténtico.
La democracia se resiste porque implica una redistribución del poder que muchos no quieren aceptar, pero también porque no se ha sembrado lo suficiente para que crezca la semilla del debate, de la tolerancia, de la ciudadanía activa, de la justicia independiente. Mientras no se invierta en educación, en instituciones y en conciencia cívica, seguirá siendo un ideal más que una realidad.
Y sin embargo, es el único camino posible si África quiere un futuro de justicia, libertad y dignidad. Porque sin democracia no hay desarrollo sostenible, ni paz verdadera, ni respeto a la diversidad, ni oportunidad para los jóvenes que hoy miran al exterior buscando lo que no encuentran en casa.

El Presidente y los directivos del PPGE, durante unas jornadas de trabajo
Desde el Partido del Progreso creemos firmemente en esa democracia construida desde abajo, basada en instituciones y no en caudillos. Por eso, nuestra acción política no descansa únicamente en la figura del presidente, sino que se apoya en el trabajo colectivo de nuestros cuadros directivos, en el debate abierto y en el compromiso compartido con un cwmbioreal.
Por eso, desde el Partido del Progreso insistimos con firmeza en la necesidad de crear un sentimiento de unidad entre todos los territorios del país, como base para derrotar a la dictadura y construir un futuro más digno. No hay libertad verdadera sin cohesión nacional, y sin justicia para comunidades como Annobón, que como el resto del país, están siendo desangradas por un régimen que se alimenta precisamente de la división y el aislamiento. Es preocupante que ciertos personajes políticos, en lugar de sumarse a este esfuerzo por la unidad nacional, insistan en discursos que buscan la fragmentación del país y responden más a intereses personales que al bien común. Frente a eso, el PPGE mantiene su convicción: sin unidad, no hay liberación posible.


