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Teodorín no es una opción. Es una amenaza.

Por Redacción

15/07/2025

Editorial 

Hay cosas con las que una sociedad no puede permitirse jugar. Una de ellas es la aceptación paulatina —y hasta cierto punto resignada— de la figura de Teodoro Nguema Obiang Mangue, alias Teodorín, como un actor legítimo en la política de Guinea Ecuatorial.

Teodorín no es un estadista, ni un líder en formación, ni siquiera un heredero con dudas.
Teodorín es una anomalía. Es el resultado grotesco de una dictadura que ha podrido la vida institucional, el pensamiento político y el tejido moral de un país entero.

Su biografía no es la de un hombre de Estado. Es la crónica de una degeneración dinástica que arranca desde sus orígenes familiares, donde el pillaje, la violencia y el abuso de poder han sido el pan de cada día. Se ha documentado que su abuelo paterno fue acusado de robos en la región de Mongomo, y que su linaje está marcado por el desprecio absoluto hacia los bienes y la dignidad ajena. La corrupción de los Obiang no es una invención reciente: es una herencia. Una cultura de saqueo que comenzó robando gallinas y cabras en los poblados, y que ha terminado vaciando las arcas de un Estado entero.

El rastro de latrocinios de Teodorín está documentado en numerosos países. Francia le embargó bienes por valor de 118 millones de dólares, incluyendo una mansión de lujo y coches deportivos. Suiza incautó 25 vehículos de alta gama valorados en 27 millones de dólares. En Brasil, las autoridades le retuvieron 16,5 millones de dólares en efectivo y relojes de lujo. Estados Unidos confiscó propiedades y activos por un total de 70 millones de dólares. Sudáfrica llegó a embargarle un yate de 120 millones de dólares. No se trata de rumores ni de propaganda opositora: son condenas y sanciones judiciales que evidencian la dimensión internacional de su corrupción.

La justicia francesa acaba de incautar el palacete de la Avenida de Foch de París, utilizado por Teodorín como hotel de lujos y posteriormente convertido en embajada por la dictadura.

Los relatos de abusos sexuales, violencia intrafamiliar y profanaciones cometidas por miembros del clan Obiang, muchas veces silenciados por miedo, deberían bastar para que la comunidad internacional y la sociedad civil guineana comprendan el nivel de descomposición que representa esta familia en el poder. 

Aceptar a Teodorín como opción de gobierno es un error histórico que tendrá consecuencias devastadoras. No es un mal menor: es el problema. Teodorín no reformará nada, no estabilizará nada, no garantizará nada.
Solo consolidará una dictadura más peligrosa, más imprevisible y más salvaje que la de su padre, Teodoro Obiang, y que la de su tío Macías.

Su llegada al poder supondría el cierre total de cualquier esperanza de cambio en Guinea.

Hay quienes todavía lo llaman “Excelencia”, lo saludan como “hermano mayor”, o creen que con una sonrisa o una foto se le puede influir.
Es hora de decirlo claro: con Teodorín no se negocia, no se pacta, no se construye. Solo se pierde.

Su historial lo dice todo: corrupción obscena, abuso de poder, represión, megalomanía. Ha sido condenado en múltiples países por blanqueo de capitales y malversación de fondos públicos. Ha saqueado el país para alimentar una vida de lujo enfermizo mientras el pueblo vive en la miseria. Y aún hay quienes piensan que puede “evolucionar”.

Debemos repudiarlo sin matices, sin cálculo, sin medias tintas.
No se trata solo de denunciarlo en foros internacionales, sino de romper por completo con su presencia política y mediática. Hacerle el vacío. Promover un boicot total.
No permitir que su propaganda se infiltre en nuestros grupos, en nuestros discursos, en nuestras conversaciones.

Debemos alertar especialmente a los ingenuos, a los resignados y a los oportunistas: aceptar a Teodorín es entregarle a Guinea el tiro de gracia.
Es traicionar la memoria de quienes han resistido, de los exiliados, de los desaparecidos, de los humillados.
Y es hipotecar el futuro de una generación entera.

Es ahora cuando debemos levantar la voz, porque mañana podría ser tarde.
Guinea no merece a Teodorín.
Y el mundo no debe acostumbrarse a él.

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