Editorial El Confidencial
A lo largo de las últimas décadas, distintos países del mundo han vivido procesos de transición desde regímenes autoritarios hacia sistemas democráticos. Aunque cada contexto tiene sus particularidades, estos cambios comparten ciertas características: la presión interna organizada, el desgaste del régimen, la aparición de actores moderados, la apertura política pactada, la celebración de elecciones libres, la reforma constitucional y el respaldo de la comunidad internacional. Pero sobre todo, hay un factor clave: la voluntad del pueblo de participar activamente en la construcción de su futuro político.
Sin embargo, en Guinea Ecuatorial, ese anhelo legítimo de libertad y justicia tropieza no solo con la resistencia del régimen, sino también con las contradicciones dentro de la propia oposición. Mientras en los círculos cercanos al poder se libra una feroz batalla de facciones para heredar la presidencia y prolongar la dictadura bajo otro rostro, en la oposición proliferan los liderazgos personalistas. Muchos quieren ser presidentes, pocos quieren construir un proyecto de país.
Esta fragmentación resta fuerza a la lucha democrática y aleja al pueblo de las decisiones que deberían tenerlo como protagonista. Se repite el mismo error que ha paralizado otras transiciones: convertir la política en un campo de ambiciones personales, y no en un espacio de servicio público. No se puede democratizar un país si los actores del cambio reproducen las lógicas del caudillismo que dicen combatir.

Mesa d trabajos de directivos del PPGE: «la transición a la democracia en Guinea». Barcelona 12 de Noviembre de 2022.
En este contexto, el Partido del Progreso de Guinea Ecuatorial (PPGE) lleva muchos años trabajando con discreción y firmeza para dar a conocer un proyecto serio de transición. Un modelo en el que participen todos los partidos opositores, sin exclusiones, junto con el conjunto de la sociedad civil. Solo así se podrá sentar una base común que evite que la salida del régimen actual desemboque en una nueva forma de dominación o en un vacío institucional.
La transición democrática debe ser el anhelo, no solo de las fuerzas políticas, sino de todos los guineanos. Y se construye con una ciudadanía informada, con instituciones sólidas, con diálogo entre diferentes, y sobre todo, con una clara conciencia de que el poder es solo un medio, no un fin en sí mismo. Mientras no se supere la lógica del “quién se queda con el sillón” y no se dé paso a una auténtica conversación nacional sobre qué país queremos, no habrá democracia real, sino un simple cambio de nombres.
El pueblo está cansado de esperar salvadores. Lo que necesita es un liderazgo colectivo, responsable, transparente y comprometido con la verdad. Y eso exige madurez política. Sin ella, cualquier transición será solo una repetición disfrazada de lo mismo.


