Desde la Redacción
El lema del PDGE, “hacer el bien y evitar el mal”, debería leerse al revés: su historia demuestra lo contrario.
En Guinea Ecuatorial no hay sistema democrático. Lo que hay es un régimen. Y ese régimen tiene nombre y estructura: el PDGE. No se trata de un partido reformable, ni pluralista, ni siquiera político en sentido estricto. Es el brazo civil de la dictadura de la familia Obiang. Es la maquinaria de control ideológico, delación vecinal y represión social que garantiza la supervivencia del clan en el poder. Y lo más grave: sigue plenamente activa, cada día, en cada barrio, en cada poblado. Nos lo confirman desde dentro.
Nos llegan informaciones desde el propio país —por canales seguros— de que el PDGE continúa ejerciendo una vigilancia asfixiante a través de sus delegados, sus comités locales y su red de “informantes”. No se trata de un exceso puntual: es un sistema. Se reprime la crítica, se señalan a los disidentes y se castiga a sus familias. La delación se ha institucionalizado. Desde dentro del país, ciudadanos comunes denuncian que incluso en mercados, escuelas o iglesias hay ojos y oídos del PDGE. Y que cualquier comentario considerado “sospechoso” puede terminar en una detención arbitraria.

Miembros del PDGE exhiben la imagen del dictador Teodoro Obiang en sus vestiduras, en un acto grotesco de culto a la personalidad. No es lealtad, es sumisión encarnada: un partido que ha sustituido las ideas por la obediencia y la dignidad por propaganda.
Pero no es solo represión política. Hay también extorsión material. Hemos recibido testimonios sobre campañas sistemáticas en zonas rurales donde delegados del partido han confiscado cosechas, ganado y pescado a familias que no se alinean políticamente o que se niegan a participar en actos del régimen. Es un castigo económico encubierto. El PDGE no gobierna: aplasta, castiga, somete.
A la vez, el culto a la personalidad se impone como forma obligatoria de adhesión. En celebraciones, congresos y mítines, los militantes visten ropajes grotescos con la imagen del dictador estampada en cada centímetro de tela. No es política, es idolatría impuesta. El PDGE no construye ciudadanía, fabrica súbditos.
Por eso resulta insultante escuchar voces como la de Noelia, militante activa del PDGE dentro de Guinea, que ahora pretende erigirse en regeneradora de un sistema que ha sostenido y legitimado durante años. Se autodenomina “fregona”, como si bastara con pasar un trapo sobre la superficie podrida del régimen para limpiar décadas de represión, corrupción y delación. Pero Noelia no ha roto con el PDGE. No ha asumido ningún riesgo. Sigue dentro. Participa de sus estructuras, se beneficia de su cobertura, reproduce su discurso. Denunciar a algunos miembros del partido no basta. Señalar a ciertos corruptos sin tocar el aparato que los protege es simplemente una operación cosmética. Es manipulación.

Pie de foto:Cientos de guineanos han sido asesinados por una dictadura que tiene en el PDGE uno de sus pilares fundamentales. No es un partido: es parte del engranaje represivo.
El PDGE no es una desviación del sistema. Es el sistema. Un sistema diseñado para silenciar, controlar y robar. No se puede limpiar desde dentro porque su razón de ser es ensuciar. Lo que algunos presentan como “valentía” —denunciar mientras se permanece dentro— no es más que cálculo o simulación. Una maniobra para prolongar el ciclo del régimen. No nos engañan.
Las elecciones son otro decorado. Resultados del 95%, sin observadores independientes, sin oposición real. El pluralismo es una mentira institucional. Todos los partidos satélite giran en torno al PDGE como planetas muertos, sin voz ni peso. La justicia está controlada. La prensa es propaganda. Y el petróleo, la gran riqueza del país, no sirve al pueblo: enriquece a una élite. Su vicepresidente, Teodorín, ha sido condenado por corrupción y blanqueo de dinero en varios países. Su vida de lujo y ostentación es el insulto más cruel a un país empobrecido y vigilado.
El PDGE no es un partido con desviaciones. Es una estructura criminal con formato de partido. Su única ideología es la obediencia. Su única ética, la del silencio. Cientos de guineanos han sido asesinados por una dictadura que tiene en el PDGE uno de sus pilares fundamentales. No es un partido, es parte del engranaje represivo.
Desde la Redacción de El Confidencial, afirmamos con claridad: solo daremos voz a quienes rompan con este aparato y denuncien desde fuera. No basta con “hacer críticas” desde dentro mientras se sigue cobrando, reprimiendo y colaborando. No hay reforma posible para el PDGE. Solo su disolución abriría la puerta a una verdadera transición democrática.


