Por Juan Cuevas
África esta dejando de ser un continente condenado al subdesarrollo y la dependencia. Lo están demostrando países como Botswana, Ruanda, Costa de Marfil o las Islas Mauricio, que han logrado avances impresionantes gracias a una combinación de buena gobernanza, justicia social, apertura económica e instituciones sólidas. Lejos de fórmulas mágicas, el éxito de estas naciones se explica por decisiones valientes: erradicar la corrupción desde la raíz, crear un marco jurídico fiable, fomentar sociedades plurales y sanas, y gestionar sus recursos naturales con inteligencia y transparencia. No se trata solo de crecer económicamente, sino de generar un desarrollo que incluya y beneficie a todos, sin dejar a nadie atrás.
Botswana, por ejemplo, ha dejado de ser un simple exportador de diamantes para convertirse en un país que transforma su riqueza dentro de sus propias fronteras, creando empleo y valor añadido. Ruanda, tras una tragedia nacional sin precedentes, ha apostado por la estabilidad, el orden institucional y la innovación, demostrando que incluso las heridas más profundas pueden cicatrizar si hay voluntad colectiva. Y las Islas Mauricio han invertido en un sistema legal sólido y en políticas inclusivas que hoy las colocan entre las democracias más consolidadas del continente. Estos ejemplos desmienten la idea de que África está condenada al fracaso. Es mentira que no se pueda. Es mentira que no haya alternativas.

Botsuana, el país con los más altos estándares de calidad de vida de Africa, gracias a que sus diamantes no se venden en bruto, se refinan y se transforman creando empleo digno
Guinea Ecuatorial también puede renacer. Pero para ello, no basta con maquillajes ni reformas cosméticas. Es indispensable que desaparezca todo vestigio del actual régimen, porque ningún país puede construirse sobre las ruinas morales de una dictadura que ha normalizado la corrupción, la violencia institucional, la miseria de la mayoría y el enriquecimiento obsceno de una minoría. No hay reconciliación real sin justicia, ni futuro sin una ruptura clara con el pasado. El aparato creado por Obiang durante más de cuatro décadas no puede ser reformado desde dentro: debe ser desmantelado con firmeza y reemplazado por un nuevo contrato social.
Esa transición debe estar liderada por personas limpias, por líderes que no hayan participado del saqueo ni de la represión, que no tengan cuentas pendientes con el pueblo ni hayan sido cómplices —por acción u omisión— de un sistema que ha destruido vidas y esperanzas. Es imprescindible que quienes tomen las riendas del cambio no estén contaminados ni atrapados por los mecanismos de poder y chantaje creados por el régimen. Hacen falta hombres y mujeres comprometidos con el bien común, con la justicia, con la libertad y con el derecho de cada ecuatoguineano a vivir con dignidad.
Y para que ese cambio sea real, debemos rechazar de plano todo lo que provenga de la dictadura: sus símbolos, su propaganda, sus mentiras. No podemos seguir normalizando su presencia en nuestras vidas como si no hubiera pasado nada. Cada vídeo donde aparece Teodorín exhibiendo lujo, prepotencia y desprecio por el pueblo debería provocar repudio y vergüenza, no aplausos ni risas. Hay que desenmascarar esa basura moral, y señalar sin miedo a quienes actúan como tontos útiles del régimen, compartiendo, celebrando o justificando sus excesos. No se puede construir una Guinea libre mientras se sigue rindiendo culto a sus verdugos. El cambio exige memoria, dignidad y una ruptura total con la cultura de la sumisión.

En este sentido, la propuesta del Partido del Progreso de Guinea Ecuatorial (PPGE) se enraíza tanto en los modelos africanos que han dado frutos como en las raíces cristianas del pensamiento social que inspiraron en Europa los grandes avances sociales del siglo XX. El PPGE recoge el legado de la encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII, que en 1891 se atrevió a denunciar la explotación de los obreros por parte del liberalismo salvaje, y a proponer un orden nuevo basado en la justicia social, la protección del trabajador y el deber del Estado de cuidar a los más vulnerables. Esa misma visión —humanista, ética, profundamente política— es la que anima al PPGE a proponer un país donde los recursos naturales se gestionen con transparencia; donde la corrupción no tenga cabida; donde la juventud tenga oportunidades reales; donde el trabajo y la empresa florezcan sin estar ahogados por el clientelismo; y donde la mujer, tantas veces silenciada y violentada, tenga un papel central en la vida nacional.
Guinea puede cambiar. No está condenada al silencio ni al sufrimiento. Tiene los recursos, la inteligencia y la fuerza de su gente. Solo necesita una dirección distinta. Una dirección que crea en la democracia, en la justicia y en la libertad como caminos hacia una república nueva. Una Guinea para todos. Una Guinea verdaderamente libre.


