Juan Cuevas, Secretario de Formación del PPGE
Durante años, el régimen de Teodoro Obiang Nguema ha intentado proyectar una imagen de apertura que nunca ha pasado de ser una escenificación cuidadosamente diseñada. Las llamadas Mesas de Diálogo Nacional, a las que algunos se sumaron con esperanza, han terminado confirmando lo que muchos ya sabían: en Guinea Ecuatorial no hay voluntad de cambio real. Solo hay estrategia de supervivencia.
Nada de lo que emana del régimen tiene como objetivo mejorar la vida de los guineanos. Todo responde a una lógica de conservación del poder. Por eso, quienes han conducido al país a una ruina económica y moral no pueden presentarse ahora como impulsores de la democracia. Tampoco pueden hacerlo quienes han colaborado activamente con la dictadura durante años y pretenden hoy, sin asumir responsabilidades, liderar un supuesto proceso de transición.
La crisis de valores que atraviesa Guinea Ecuatorial no es una consecuencia accidental del tiempo. Es el resultado de una degradación deliberada. Un pueblo formado, crítico y con conciencia cívica es incompatible con un régimen autoritario. Por eso se han desmantelado las referencias éticas, se ha debilitado la capacidad de pensar libremente y se ha fomentado una dependencia estructural que impide reaccionar. El objetivo era claro: una sociedad dócil es más fácil de controlar. Y, en gran medida, lo han conseguido.
Desmontar este sistema y construir una democracia real será, sin duda, el mayor desafío al que se haya enfrentado nunca nuestro pueblo. No se trata solo de sustituir a unos dirigentes por otros, sino de transformar profundamente la mentalidad colectiva, las estructuras sociales, las instituciones y las reglas del juego. Es un proceso complejo, largo y exigente.
La pregunta clave es inevitable: ¿está preparado el pueblo guineano para afrontar una transición democrática? La respuesta no es sencilla. El miedo, la resignación y, en algunos casos, la complacencia con el poder evidencian que aún queda mucho trabajo por hacer.

Padre Fortunato
En este contexto, resulta imposible ignorar el clima creciente de intimidación, violencia y degradación política que rodea hoy a Guinea Ecuatorial. En los últimos meses se han producido hechos profundamente inquietantes, como el asesinato del sacerdote Fortunato, cuya muerte ha generado conmoción y numerosas interrogantes que, hasta la fecha, siguen sin una explicación clara ni convincente. En ausencia de transparencia, cada episodio de esta naturaleza no hace sino reforzar la percepción de que el país se adentra en una dinámica cada vez más opaca y peligrosa.
De forma paralela, se está intensificando una campaña sistemática de hostigamiento contra el exilio. Fuentes próximas al entorno político advierten de que esta ofensiva no solo continuará, sino que previsiblemente se recrudecerá como parte de una estrategia más amplia. En redes sociales, esta deriva ya es visible: proliferan mensajes que buscan deslegitimar, intimidar y silenciar, incluyendo acusaciones graves sin fundamento, intentos de criminalización, y ataques especialmente virulentos contra mujeres, que están siendo objeto de un nivel de violencia verbal particularmente alarmante.
Lejos de tratarse de episodios aislados, todo apunta a un patrón que encaja con prácticas bien conocidas en contextos autoritarios: erosionar al adversario, fragmentar la disidencia y generar un clima de miedo que desincentive cualquier forma de organización. En este escenario, el régimen parece estar redoblando su apuesta por la desarticulación del exilio como actor político, utilizando para ello tanto herramientas de propaganda como dinámicas de presión indirecta que buscan desgastar, dividir y desacreditar. Negar esta realidad o minimizar su alcance sería, además de ingenuo, profundamente irresponsable.

Pero hay algo en lo que no puede haber dudas ni divisiones dentro del exilio: el régimen está fraguando un nuevo engaño. Una falsa transición diseñada desde la propia dictadura, con sus peones infiltrados incluso en nuestros propios espacios, dispuestos a embarrar la lucha, dividir a la oposición y desactivar cualquier intento serio de cambio. En esto debemos tener un criterio unánime. No es una sospecha: es una estrategia.
A esta realidad se suman dos riesgos que no pueden ignorarse. El primero es aceptar como válidos los falsos gestos de apertura del régimen. Cambios superficiales, remodelaciones ministeriales o nombramientos estratégicos no alteran la naturaleza de una dictadura. Confundir maquillaje con transformación sería un error histórico.
El segundo riesgo es caer en la tentación de buscar un salvador. Las sociedades golpeadas por la desigualdad y la falta de cultura política son terreno fértil para el populismo. Sustituir una figura autoritaria por otra no es una transición, es repetir el mismo problema con distinto rostro.
El papel del exilio será determinante en este proceso. No solo por su capacidad de denuncia, sino por su responsabilidad en activar una conciencia crítica dentro del país y en articular una alternativa creíble. Pero esa responsabilidad exige también firmeza, claridad y unidad frente a las maniobras del régimen.
El Partido del Progreso de Guinea Ecuatorial, junto a su presidente Armengol Engonga, es plenamente consciente de este peligro. Por eso estamos redoblando nuestra actividad política ante instituciones y países con intereses en Guinea Ecuatorial. Porque sabemos que la batalla no es solo interna: también se libra en el terreno internacional, donde el régimen busca legitimarse.
Si, como es evidente, la transición nos implica a todos, entonces todos debemos intensificar nuestra lucha. No hay espacio para la pasividad ni para la ingenuidad. Es necesario contrarrestar la propaganda de la dictadura con organización, con discurso y con acción política constante.
En este contexto, la visita del León XIV , que comienza hoy, adquiere una relevancia especial. Cabe esperar que su presencia sirva como resonancia mediática para proyectar ante la opinión pública internacional la realidad que vive Guinea Ecuatorial. Porque más allá de los intentos del régimen por maquillar su imagen, persisten dinámicas ampliamente señaladas por observadores y organizaciones internacionales: ineficacia institucional, corrupción estructural y una represión sostenida de cualquier forma de disidencia. Que esta visita contribuya a visibilizar esa realidad no es solo deseable, sino necesario.
A pesar de todo, existe una base sobre la que construir. Hay guineanos dentro y fuera del país que entienden la magnitud del reto y están dispuestos a asumirlo.
El futuro de Guinea Ecuatorial dependerá, en última instancia, de la capacidad de sus ciudadanos para entenderse, organizarse y actuar con responsabilidad histórica. No basta con desear el cambio: hay que construirlo con rigor, inteligencia y compromiso colectivo.
La libertad no llegará por concesión del poder. Tendrá que ser conquistada, sostenida y defendida.
Y esta vez, no puede ser engañada.