Crónica de Juan Cuevas
El pasado sábado 28, en la iglesia de San Diego de Madrid, el exilio guineano volvió a reunirse en torno a una ausencia que pesa. No era un acto político en sentido estricto, pero lo era en lo esencial: memoria, compromiso y comunidad. Se celebraba una misa por el alma de Juan Marcos Eko, conocido por muchos como “El huérfano”, compañero de lucha, voz firme y presencia constante en la vida del exilio.

A pesar de la grave situación de salud que vivía, Juan Marcos estaba presente en todas las manifestaciones que organizaba el exilio
Juan Marcos no fue un nombre más dentro de la oposición. Fue, durante años, una de esas figuras que sostienen sin hacer ruido la continuidad de una causa. Estaba en los actos, en las convocatorias, en los momentos difíciles. Y, sobre todo, estaba en la palabra. Sus audios —claros, directos, sin artificios— eran una forma de resistencia. Denunciaban con valentía la dictadura de Obiang, sin estridencias, pero sin concesiones.

Murió a los 61 años, después de una larga batalla de diez años contra un linfoma. Vivía en Vallecas, lejos de su tierra, pero nunca lejos de su país. Como tantos otros, hizo del exilio no solo una circunstancia, sino una forma de compromiso. Y lo hizo sin victimismo, con una fortaleza serena, incluso en la enfermedad. Quienes le conocieron destacan algo que no suele aparecer en los discursos políticos: su humanidad. Fue un hombre familiar, profundamente arraigado a sus orígenes, y, sobre todo, generoso hasta el extremo de no querer que los demás cargaran con su sufrimiento.

La misa reunió a opositores exiliados residentes en España y a otros que viajaron desde distintos puntos de Europa. No fue un gesto menor. En un contexto donde el desgaste es evidente y los años de lucha pesan, ese esfuerzo colectivo habla de algo que sigue vivo: la lealtad entre quienes han compartido el mismo destino.

También estuvo presente una representación del Partido del Progreso, encabezada por su presidente, Armengol Engonga, junto a Juan Cuevas y Alberto Esono Ondo. Su presencia no fue solo institucional, sino también personal: una forma de acompañar a la familia y de reconocer el valor de quien, desde su posición, contribuyó a sostener una causa común.
El acto dejó ver la fuerza de una comunidad que, pese al cansancio acumulado, mantiene la dignidad de su lucha y el orgullo de haber mostrado al mundo la verdadera naturaleza del régimen de Obiang. Frente a ello, no faltan quienes, movidos por intereses inconfesables, tratan de desacreditar al exilio y entorpecer su labor, debilitando así uno de los pocos espacios que han logrado denunciar de forma constante la realidad que vive Guinea Ecuatorial.

Juan Marcos Eko pertenece a una generación de opositores que han pagado un precio alto: el de no ver aún una Guinea Ecuatorial libre. Su muerte se suma a la de tantos otros que han quedado en el camino. Pero reducir su vida a esa ausencia sería injusto. Su legado está en otra parte: en la constancia, en la palabra honesta, en la forma de estar sin pedir nada a cambio.
El exilio guineano, con todas sus dificultades, sigue siendo un espacio de resistencia. Y personas como Juan Marcos lo han hecho posible.
Recordarle no es solo un acto de memoria. Es también una forma de continuidad.


