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Las mujeres que sostienen Guinea

Por Nómadas

08/03/2026

Por Luciano Ndong Esono, Presidente del Consejo Geográfico PPGE de Reino Unido

Cada 8 de marzo, el mundo celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. En muchos países esta jornada se llena de discursos, flores y promesas institucionales. En Guinea Ecuatorial, sin embargo, la realidad de la mujer sigue marcada por el silencio, el sacrificio y una dignidad que resiste incluso cuando el Estado le da la espalda.

Este artículo está dedicado a ellas: a la mujer guineana que sostiene, en silencio, el peso de innumerables hogares. Mujeres que cada mañana se levantan antes de que despunte el sol, persiguiendo un atardecer que no siempre garantiza que sus hijos tengan una cena digna. Mujeres que cargan con la responsabilidad de alimentar, educar y proteger a sus familias en una sociedad donde la esperanza, muchas veces, parece un lujo inalcanzable.

La mujer es, sin exageración alguna, el soporte del 80% de nuestra sociedad. Cuando las estructuras del Estado fallan, cuando el empleo escasea, cuando los salarios no alcanzan o simplemente no existen, son ellas quienes encuentran la forma de sostener la vida cotidiana. En los mercados, en los barrios, en las pequeñas economías informales, en el sacrificio silencioso del hogar, la mujer guineana mantiene en pie lo que la mala gobernanza ha puesto en riesgo.

Pero muchas de ellas pagan un precio alto por esa fortaleza. Pagan con la marginación el hecho de no aceptar el conformismo de quienes prefieren mirar hacia otro lado. Pagan por no comprender cómo algunos hombres han decidido dar por bueno todo lo que ocurre en el país. Pagan por negarse a aceptar que el miedo o la resignación definan el futuro de sus hijos.

Pienso especialmente en esas madres que dejaron atrás el colectivo que las vio nacer, crecer y convertirse en mujeres. Mujeres que viven entre dos mundos: el de los recuerdos que quedaron en su tierra y el de una realidad dura que las obliga a sobrevivir lejos de casa. Mujeres del exilio, suspendidas en ese limbo que supone vivir a caballo entre su pueblo y la distancia.

A muchas de ellas les debemos más de lo que jamás sabremos expresar. Como a la mía: siempre firme en sus convicciones, siempre convencida de que su misión es ser el pilar que sostiene el impulso de quienes luchamos por un futuro diferente.

Me enamoré de una mujer que no sabía de navegación. Sin embargo, hoy es capaz de recordarme que, cuando uno está seguro del rumbo trazado, no puede albergar dudas sobre llegar a su destino, por mucha pleamar que se interponga en la travesía. Ellas, las que sostienen sin buscar protagonismo, son el rotor invisible de una locomotora que parece incombustible.

Son mujeres que nunca se suben a la tribuna ni buscan aplausos. Pero están detrás de cada esfuerzo, detrás de cada lucha, detrás de cada esperanza de cambio. Son las que acompañan a la verdadera oposición sin hacer ruido ni reclamar méritos. La historia de Guinea algún día será escrita también por hombres que lamentarán no haber tenido la oportunidad de estrecharles la mano.

Pero sería una injusticia hablar de la mujer guineana sin denunciar también el lugar humillante al que el régimen ha relegado a muchas de ellas.

Durante décadas, el poder ha utilizado el cuerpo y la dignidad de las mujeres como moneda de intercambio. El abuso sexual, el clientelismo y la explotación han sido herramientas de control político. Los escándalos recientes —como el conocido caso de los vídeos sexuales que implicaron a mujeres de la administración pública— no son un accidente aislado, sino el reflejo de un sistema donde el poder masculino y autoritario ha normalizado la humillación de la mujer.

Más grave aún es el silencio que rodea los abusos a niñas por parte de hombres poderosos vinculados al régimen. En Guinea Ecuatorial, demasiadas veces la justicia se detiene ante las puertas del poder, dejando a las víctimas sin voz ni reparación.

Mientras tanto, la presencia femenina en el gobierno es meramente decorativa. Las pocas mujeres que ocupan cargos públicos son utilizadas como floreros políticos, piezas simbólicas para maquillar un sistema profundamente patriarcal. No se les permite ejercer liderazgo real ni cuestionar las estructuras de poder.

El contraste resulta obsceno cuando se observa el uso del dinero público. Durante más de veinte años, los recursos de todos los guineanos han financiado los caprichos de las mujeres del pueblo natal del dictador, Acuakam. A cada una de ellas se le asignó un salario mensual simplemente por pertenecer a ese lugar.

Todas las madres de Guinea Ecuatorial merecerían ese reconocimiento. Todas. No solo las de un pueblo privilegiado por la proximidad al poder.

Mientras tanto, las viudas de la tragedia del cuartel de Ncuantoma siguen esperando consuelo, justicia y reparación. Siguen esperando que alguien en el poder recuerde que también son ciudadanas de este país.

Al mismo tiempo, una de las concubinas del dictador, instalada cómodamente en Francia, recibe cada año cantidades de dinero que superan cualquier imaginación de las familias que luchan por sobrevivir en Guinea.

Ese es el lugar al que la dictadura ha desterrado a la mujer guineana: a la invisibilidad, al sacrificio silencioso y a la imposibilidad de reclamar lo que le pertenece.

Pero incluso en ese contexto han surgido mujeres que han decidido no elegir el conformismo. Mujeres que, entre el conflicto y la resignación, han optado por el conflicto. Mujeres que defienden sin disimulo la necesidad de cambios, vengan de donde vengan. Mujeres que sostienen la coherencia frente a las incoherencias manifiestamente vomitivas del sistema.

Son mujeres que no se callan. Que no se doblegan. Que no aceptan el papel que el poder les asignó.

A ellas dedico este día.

Porque si algún día Guinea Ecuatorial se levanta de la larga noche de la dictadura, será también gracias a la fortaleza de esas mujeres que nunca dejaron de sostener la vida cuando todo lo demás parecía derrumbarse.

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