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La Voz de la Democracia

¿Por qué defender la democracia hoy es más urgente que nunca?

Por Redacción

01/05/2025

Por Juan Cuevas, Secretario de Formación del PPGE

En tiempos de confusión y crisis, como los que se viven en África, muchos pueblos, cansados del desorden, la corrupción o el empobrecimiento, miran con nostalgia hacia soluciones fáciles: el hombre fuerte, el líder carismático que promete acabar con los males de raíz. África, y especialmente la región del Sahel —Burkina Faso, Sudán, Níger—, vive hoy una oleada de golpes de Estado que se justifican como respuesta a regímenes fallidos, inseguridad y caos institucional. En realidad, lo que está ocurriendo es una peligrosa regresión hacia modelos autoritarios. Y si no defendemos con firmeza el valor de la democracia, corremos el riesgo de volver a caer —también en Guinea— en otra tiranía disfrazada de salvación. Lo peor de todo es que algunos lo están aplaudiendo con entusiasmo.

La democracia no es solo un sistema político deseable, sino un pacto de civilización: respeto a las leyes e instituciones, participación ciudadana, espíritu crítico y diálogo como herramientas para resolver nuestras diferencias. No se trata únicamente de votar cada cierto tiempo, sino de construir entre todos una sociedad justa, donde los derechos estén protegidos, los abusos limitados y el poder fiscalizado. Y para que eso funcione, no solo deben respetarlo los gobernantes, sino también cada uno de nosotros.

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En los grupos de WhatsApp veo que algunos menosprecian la democracia porque la consideran un sistema frágil y prefieren la autocracia, como si esta garantizara el orden. Lo mismo viví en España, tras el régimen de Franco: mucha gente pensaba que la mano dura era más eficaz que la deliberación democrática. Pero es un error. La autocracia podrá imponer, pero nunca educa; ordena, pero no convence; gobierna, pero no construye ciudadanía.

Grecia, cuna de la democracia, lo entendió así. Curiosamente, también allí se hablaba del “buen tirano”: aquel autócrata con todos los instrumentos del poder, que usaba su posición para defender el bien común, proteger a los pobres frente a los abusos de los poderosos, promover las artes, la religión, las infraestructuras y limitar la corrupción. Era una figura de excepción, con connotaciones positivas, que en momentos de crisis podía enderezar el rumbo o salvar la ciudad del enemigo.

Pero eso fue en otro tiempo, bajo otras circunstancias y con otros límites. Hoy, los autócratas no son transitorios: se aferran al poder hasta que mueren o son derrocados. Y muchos incluso intentan entronizar a sus hijos o familiares, como si un país fuese una propiedad privada. En Guinea lo estamos viendo: muchos dentro del sistema —especialmente desde el PDGE y ASHO— rinden culto a Teodorín como si fuera un futuro salvador. Viven del régimen y no ocultan su dependencia, pero lo más preocupante es que incluso algunos opositores reproducen sus mensajes y su imagen, alimentando sin querer —o sin querer ver— a un monstruo en formación.

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Otro tema candente en nuestros grupos: los golpes de Estado. Aceptar uno como legítimo es una cuestión extremadamente delicada, porque por definición rompe el orden constitucional. En teoría política, hay casos en que puede verse como un mal menor o un catalizador para la democratización. Pero para que eso sea aceptable, deben cumplirse condiciones muy estrictas:

1. Legitimidad por necesidad: el régimen derrocado debe ser claramente autoritario, con colapso institucional o crisis humanitaria.

2. Objetivo claro de democratización: el golpe debe tener como fin restaurar la democracia, no instaurar otra dictadura.

3. Apoyo popular auténtico: no una manipulación de masas, sino una exigencia real de cambio por parte de la sociedad civil.

4. Rechazo a la perpetuación en el poder: los nuevos líderes deben actuar como garantes temporales, incluso con un calendario marcado, no como nuevos dueños del Estado.

5. Mínima violencia y respeto a los derechos humanos.

Ejemplos históricos como la Revolución de los Claveles en Portugal (1974) o el levantamiento popular contra Marcos en Filipinas (1986) muestran que una salida autoritaria puede derivar en democracia, pero solo si hay verdadera voluntad de devolver el poder al pueblo. En África, en cambio, esa promesa rara vez se cumple.

Las alianzas que fragua Teodorín con Rusia, no buscan el bin para los guineanos, solo persiguen asegurar su sucesión.

Los africanos conocéis bien esta historia. Líderes que llegaron al poder con discursos revolucionarios y terminaron convertidos en tiranos:

   •   Robert Mugabe, héroe de la liberación de Zimbabue, acabó arruinando su país con autoritarismo y represión.

   •   Muamar Gadafi, que derrocó a una monarquía, se convirtió en un dictador excéntrico y brutal.

   •   Mengistu Haile Mariam, en nombre del marxismo, instauró un régimen de terror en Etiopía.

   •   Yoweri Museveni, en Uganda, lleva casi 40 años en el poder tras prometer democracia.

   •   Laurent-Désiré Kabila, tras derrocar a Mobutu, implantó un nuevo sistema autoritario en el Congo.

   •   El propio Obiang, cuya brutal dictadura seguimos sufriendo.

El patrón se repite: se derroca a un régimen en nombre del pueblo y se impone otro con los mismos o peores vicios.

Por eso, desde el PPGE defendemos un modelo distinto: un Estado de derecho moderno, abierto al mundo, con una sociedad civil fuerte, instituciones independientes y un comercio libre y occidental. No queremos depender ni de potencias autoritarias ni de caudillos disfrazados de salvadores. Queremos un país donde el joven de Ebebiyín, la madre de Bata, el pescador de Annobón o el campesino de Mongomo tengan las mismas oportunidades que cualquiera en Europa, sin tener que rendir pleitesía a ningún clan.

Sabemos que muchos ciudadanos están frustrados. Que algunos, con razón, ya no creen en promesas ni en partidos. Pero también sabemos que solo con la democracia garantizaremos una Guinea con justicia, dignidad y futuro para todos.

La democracia exige participación, compromiso, educación política y vigilancia constante. No hay democracia sin demócratas. No hay libertad sin responsabilidad.

Y, sobre todo, no hay salvadores: hay ciudadanos. Nosotros.

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