Editorial
Cuando se habla de la economía africana, con demasiada frecuencia se piensa en petróleo, minerales, grandes explotaciones agrícolas, comercio o inversión extranjera. Sin embargo, existe otra economía, mucho menos visible, que sostiene diariamente a millones de familias: la economía doméstica y rural, en la que la mujer desempeña un papel fundamental.
La mujer africana cultiva, cría animales, transforma alimentos, comercializa pequeños excedentes y garantiza una parte esencial de la alimentación familiar. En muchas comunidades rurales también recoge agua, leña, frutos y otros productos del entorno. Son actividades imprescindibles para la supervivencia y para la economía de los hogares, aunque una parte importante de ellas no aparezca como empleo remunerado ni quede adecuadamente reflejada en las estadísticas económicas.
Los datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) permiten dimensionar esta realidad. En su análisis sobre las mujeres en los sistemas agroalimentarios del África subsahariana, la organización señala que el 76 % de las mujeres trabajadoras de la región participan en los sistemas agroalimentarios y que las mujeres representan aproximadamente el 49 % de toda la fuerza laboral de estos sistemas.
No estamos, por tanto, ante una participación marginal. Prácticamente una de cada dos personas que trabajan en los sistemas agroalimentarios del África subsahariana es una mujer.
El problema es que buena parte de ese trabajo permanece en la economía informal o no remunerada. La actividad de una mujer que cultiva un huerto familiar, cría gallinas o cabras, recoge productos forestales, transforma alimentos y vende una pequeña parte de la producción puede ser decisiva para la economía de su hogar, aunque no aparezca en las estadísticas como un empleo formal.
Guinea Ecuatorial, un caso especialmente significativo
Guinea Ecuatorial ofrece un ejemplo particularmente revelador. Según datos difundidos por la FAO, las mujeres representan cerca del 80 % de la mano de obra agrícola del país. El dato adquiere todavía mayor importancia cuando se tiene en cuenta que más del 85 % de la superficie cultivada está dedicada a una agricultura de subsistencia orientada fundamentalmente al consumo de los hogares.
Estamos hablando, por tanto, de una actividad económica estrechamente vinculada a la alimentación de las familias y en la que la mujer desempeña un papel absolutamente protagonista.
La mujer ecuatoguineana cultiva, produce alimentos, participa en su transformación, cría animales y, cuando existen excedentes, los comercializa. Una parte de ese trabajo no se traduce necesariamente en un salario, pero sí en alimentos, ahorro familiar e ingresos.
Existe aquí una paradoja que debería hacernos reflexionar. Guinea Ecuatorial posee un importante potencial agrícola y una población femenina que constituye la inmensa mayoría de la mano de obra del campo, pero el país continúa dependiendo en gran medida de las importaciones alimentarias.
La respuesta no puede consistir simplemente en pedir a las mujeres que trabajen más. La respuesta debe ser proporcionarles mejores medios para que su trabajo produzca más valor.
Eso significa acceso a financiación, formación, semillas y herramientas adecuadas, tecnología, infraestructuras rurales, almacenamiento, transformación de productos, cooperativas y mercados. Significa pasar de una agricultura orientada fundamentalmente a la subsistencia a una agricultura capaz de generar ingresos, empleo y riqueza. Y, sin embargo, eso es precisamente lo que niega el Gobierno de la dictadura, profundamente misógino, que encabeza un vicepresidente que demuestra con sus políticas y declaraciones su desprecio por la capacidad y el papel de la mujer ecuatoguineana.
Esta es precisamente una de las cuestiones sobre las que el Partido del Progreso de Guinea Ecuatorial (PPGE) viene trabajando desde hace años. El partido ha publicado numerosos artículos y elaborado estudios y propuestas sobre la necesidad de mejorar la agricultura ecuatoguineana, diversificar la economía y recuperar el sector agrícola como una de las bases del desarrollo nacional.
En esos trabajos hemos defendido la necesidad de modernizar el campo, mejorar las infraestructuras, facilitar el acceso al crédito y a los medios de producción, impulsar la transformación y comercialización de los productos agrícolas y crear las condiciones para que la producción nacional pueda abastecer progresivamente el mercado interno.
Pero esa transformación debe tener un protagonista que durante demasiado tiempo ha permanecido en segundo plano: la mujer ecuatoguineana.
Si cerca del 80 % de la mano de obra agrícola está formada por mujeres, ninguna política seria de desarrollo agrícola puede diseñarse al margen de ellas. No se trata de convertirlas simplemente en receptoras de ayudas o beneficiarias de programas sociales. Se trata de reconocerlas como productoras, empresarias, agricultoras y agentes económicos fundamentales.
Reconocer lo que ya existe
La cuestión no es descubrir ahora el valor económico de la mujer africana. El problema es que buena parte de ese valor ha permanecido invisible.
La mujer que mantiene un pequeño huerto está produciendo. La que cría gallinas está produciendo. La que transforma la cosecha para conservarla está generando valor. La que vende los excedentes está participando en el mercado. Y la que garantiza diariamente la alimentación de su familia está realizando una función económica esencial, aunque no reciba un salario por ello.
Por eso resulta insuficiente medir su aportación únicamente a través del empleo formal o de los ingresos monetarios. Una parte considerable de su contribución se encuentra precisamente en ese espacio situado entre la economía familiar, la agricultura de subsistencia y el mercado informal.
La propia FAO ha insistido en que las mujeres constituyen una parte esencial de los sistemas agroalimentarios africanos y que su trabajo resulta fundamental para la seguridad alimentaria de millones de familias.
Guinea Ecuatorial debería convertir esta realidad en una oportunidad.
Tenemos tierra, tenemos recursos y tenemos una población rural que posee conocimientos y experiencia. Y tenemos, sobre todo, a miles de mujeres que ya están trabajando diariamente en el campo.
Lo que necesitamos es crear las condiciones para que ese esfuerzo deje de limitarse a garantizar la subsistencia y pueda convertirse en productividad, ingresos, empleo, autonomía económica y desarrollo nacional.
La mujer ecuatoguineana no necesita que se descubra ahora su importancia. Lleva décadas sosteniendo una parte esencial de la alimentación de nuestras familias. Lo que necesita es que la política económica reconozca ese trabajo y le proporcione los instrumentos necesarios para convertirlo en prosperidad.
Y si queremos hablar seriamente de diversificación económica y de futuro para Guinea Ecuatorial, hay una conclusión que resulta difícil de discutir: no habrá verdadera transformación de la agricultura sin la mujer, porque la mujer ya es la columna vertebral de la agricultura ecuatoguineana.


