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No es el pueblo guineano el que ha fracasado; es la dictadura la que lo ha condenado

Por Redacción

01/07/2026

Por Juan Cuevas, Secretario de Formación del PPGE

Con demasiada frecuencia se escucha o se lee que los guineanos son “incultos”, “ignorantes”, “pobres mentales” o incluso “imbéciles”. Lo más grave es que esas descalificaciones no proceden únicamente de quienes desconocen la realidad de Guinea Ecuatorial. El propio Teodoro Obiang ha llegado a calificar a su pueblo de “pobres mentales”. También algunos articulistas guineanos han recurrido a expresiones similares para describir a sus compatriotas. Y, como si eso fuera poco, asistimos con frecuencia al espectáculo de una ciudadana española que participa en grupos de debate dedicándose a insultar a los guineanos con calificativos como “retrasados” o “imbéciles”.

Nada de eso es justo. Nada de eso ayuda a comprender la realidad de nuestro país. Y, sobre todo, nada de eso contribuye a construir el futuro. Es como pisar el hombro de quien está intentando salir de un pozo.

Quien, sin embargo, más ha contribuido a mantener esa situación ha sido precisamente la dictadura. Resulta difícil no apreciar una amarga ironía cuando el propio dictador, profundamente acomplejado por su escasa formación académica, llegó a advertir a sus ministros: “Si alguno se cree más listo porque ha estudiado, está equivocado.”

La frase retrata mejor que cualquier análisis la psicología del régimen. Quien se siente inferior ante el conocimiento termina viendo en las personas preparadas una amenaza. No es casualidad que ya durante la dictadura de Francisco Macías, cuando Obiang era responsable del sistema penitenciario, mostrara una especial inquina hacia los intelectuales, los profesionales cualificados y todos aquellos que destacaban por su formación.

La conclusión parece evidente: Obiang prefiere súbditos antes que ciudadanos; obedientes antes que preparados. Dicho de forma más coloquial, los quiere tontos, porque solo así puede seguir presentándose como “el Primer Hombre”, “el Primer Magistrado”, “el Primer Gobernante” y cualquier otro título grandilocuente con el que la propaganda del PDGE alimenta su culto a la personalidad. Mientras tanto, una corte de aduladores y estómagos agradecidos aplaude cada ocurrencia como si se tratara de una lección de sabiduría.

No es casualidad que muchos funcionarios que no pertenecen al PDGE comenten, en privado, que en Guinea conviene disimular los conocimientos, evitar destacar intelectualmente y no demostrar demasiada preparación si uno quiere conservar el puesto y evitar represalias. En un país normal, el mérito abre puertas; en una dictadura, puede convertirse en un peligro.

Durante décadas, Obiang ha sabido rodearse de un ejército de mediocres cuya principal virtud consiste en no hacerle sombra. La competencia resulta peligrosa para quien gobierna desde el complejo. Basta observar el nivel político e intelectual de algunos de los principales dirigentes del régimen, empezando por su propio hijo y vicepresidente,  Teodorín, para comprender que la fidelidad ha pesado siempre mucho más que la capacidad.

Por eso, quienes afirman —consciente o inconscientemente— que los guineanos son poco menos que imbéciles terminan haciéndole el trabajo sucio a la dictadura. Están reforzando precisamente el relato que más conviene al régimen: hacer creer que el problema reside en el pueblo y no en quienes llevan más de medio siglo impidiendo que ese pueblo pueda desarrollar todo su potencial.

Un pueblo que ha soportado más de medio siglo de dictadura no puede ser juzgado como si hubiera disfrutado de las mismas oportunidades que otros. Los guineanos han sobrevivido primero a la brutal dictadura de Francisco Macías y después a la larga dictadura de Teodoro Obiang. Dos regímenes que han restringido las libertades, perseguido el pensamiento crítico y debilitado deliberadamente las bases de una sociedad libre.

Las consecuencias de un sistema así son profundas. La dictadura no solo ha empobrecido materialmente a la población; también ha deteriorado las condiciones para el desarrollo intelectual, moral y cívico. La ausencia de una educación de calidad, el miedo, la represión, la falta de libertad de expresión y la destrucción del tejido asociativo han limitado durante décadas la capacidad de los ciudadanos para participar plenamente en la vida pública. Al mismo tiempo, la proliferación de sectas y la permanencia de prácticas y creencias atávicas vinculadas a la brujería han encontrado terreno fértil en una sociedad privada de educación, pensamiento crítico y oportunidades.

Pero sería profundamente injusto confundir las consecuencias de la dictadura con una supuesta incapacidad del pueblo. La ignorancia no es una condición genética ni cultural; es, muchas veces, el resultado de políticas deliberadas que privan a las personas de educación, información y libertad. Del mismo modo, el empobrecimiento intelectual de una sociedad sometida durante décadas al autoritarismo no constituye un defecto de sus ciudadanos, sino una de las mayores victorias de quienes desean perpetuarse en el poder.

Desde el Partido del Pueblo de Guinea Ecuatorial (PPGE) rechazamos cualquier discurso que humille al pueblo guineano o menoscabe su dignidad. Creemos firmemente que la formación constituye uno de los pilares esenciales de la participación política y del desarrollo nacional. Solo ciudadanos libres, informados y conscientes de sus derechos pueden construir una democracia sólida y una sociedad verdaderamente justa.

Por eso consideramos fundamental que el pueblo guineano recupere y conserve su autoestima. Ningún proceso de transformación nacional puede construirse sobre el desprecio hacia quienes están llamados a protagonizarlo. La historia demuestra que cuando un pueblo recupera su libertad, su dignidad y la capacidad de decidir su propio destino, es capaz de superar obstáculos que antes parecían insalvables.

La ideología democristiana del PPGE sitúa a la persona en el centro de toda acción política. Cada ser humano es portador de una dignidad inviolable, de valores propios y de una capacidad transformadora que ninguna dictadura puede destruir por completo. Nuestro compromiso es trabajar para que cada guineano disponga de las oportunidades necesarias para desarrollar plenamente sus capacidades y contribuir al progreso de la nación.

Todos sabemos que el verdadero problema de Guinea Ecuatorial nunca ha sido su pueblo. El verdadero problema ha sido un régimen que durante décadas ha hecho todo lo posible para impedir que ese pueblo desarrollara todo su potencial.

Porque un pueblo ignorante no nace: se fabrica. Y ninguna fábrica de ignorancia ha sido tan eficaz en Guinea Ecuatorial como la dictadura de Obiang.

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