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!NO NOS DEJEMOS INTIMIDAR¡

Por Redacción

15/07/2026

Juan Cuevas, Secretario de Formación del PPGE

¿Cómo han podido doblegar a todo un pueblo durante casi 58 años? La respuesta no está en una supuesta fortaleza del régimen, sino en un sistema cuidadosamente construido sobre el miedo, la mentira, la manipulación y el control social.

Durante décadas, la dictadura ha convertido el temor en un instrumento de gobierno. Sus agentes están presentes en todos los ámbitos de la vida, vigilando, sembrando desconfianza y haciendo creer a los ciudadanos que nadie está a salvo de las represalias. El PDGE actúa como el brazo ejecutor de ese sistema: todo lo alcanza, todo lo controla y todo lo utiliza para mantener el poder.

Pero la intimidación no alcanza únicamente a la población. También mantiene bajo presión a muchos de quienes forman parte del propio régimen. En Guinea Ecuatorial, un cargo público rara vez representa solo una responsabilidad institucional; con frecuencia se convierte en un mecanismo de control. El poder procura implicar al mayor número posible de personas en sus prácticas para que todos tengan algo que perder. Quien acepta entrar en ese engranaje sabe que apartarse puede interpretarse como una deslealtad y acarrear consecuencias personales, políticas o económicas. El miedo gobierna también a quienes aparentan gobernar.

El relato que nos llega desde Mbini es una muestra más de esa maquinaria de intimidación. Pero el miedo no termina en las fronteras de Guinea Ecuatorial. También persigue a quienes viven en el exilio. El dinero robado al pueblo sirve para financiar campañas de propaganda, comprar voluntades, infiltrar grupos opositores y sembrar la discordia entre quienes deberían estar unidos.

No deja de ser alarmante comprobar cómo personas que se presentan como opositores terminan amenazando de muerte a otros exiliados o llamándolos públicamente asesinos. Esa estrategia solo beneficia a un único actor: la dictadura. Divide para vencer. Es una táctica tan antigua como eficaz.

Después de tantos asesinatos, tantos años de cárcel, tantas desapariciones y tanta represión, no es fácil desprenderse del miedo. El miedo deja cicatrices profundas. Pero precisamente por eso no podemos permitir que siga gobernando nuestras decisiones.

Con demasiada frecuencia contribuimos, quizá por temor o quizá por falta de reflexión, a difundir los mensajes del propio régimen en nuestros grupos y redes sociales. Compartimos su propaganda, damos crédito a supuestos arrepentimientos llenos de lágrimas de cocodrilo y terminamos reforzando el relato que ellos mismos construyen para mantenerse en el poder.

La mayor paradoja de Guinea Ecuatorial es que quienes saquean el país son los mismos que luego organizan espectáculos públicos contra la corrupción. El régimen permite, e incluso empuja, a muchos cargos públicos a enriquecerse ilícitamente. Después, cuando conviene a sus intereses políticos, Teodorín los exhibe públicamente como ejemplo de una supuesta lucha contra la corrupción. No es justicia; es una purga selectiva destinada a proteger a los verdaderos responsables del saqueo: quienes controlan el Estado.

Esta estrategia persigue además otro objetivo: implicar al mayor número posible de personas en un sistema de favores, corrupción y dependencia. Quien ha sido utilizado por el régimen sabe que puede convertirse mañana en el siguiente señalado. Así se alimenta un círculo de silencio y obediencia donde el miedo sustituye a la lealtad y la supervivencia pesa más que la conciencia.

Lo que ocurre en Guinea Ecuatorial difícilmente encuentra comparación en otros lugares. El Estado ha sido convertido en una herramienta al servicio de una familia y de un partido, mientras el pueblo sigue pagando las consecuencias.

A esta realidad se suma ahora una información preocupante que recibimos desde el interior del país. Según vecinos de Mbini, ya habría comenzado, de forma discreta y sin anuncio público, un proceso de recogida de datos con vistas a las próximas elecciones.
Concretamente, nos informan de que el pasado 11 de julio, en el poblado de Sipolo, distrito de Mbini, la presidenta local recorría casa por casa anotando los nombres y apellidos de las mujeres del pueblo. Según este testimonio, incluso registraba a niñas que todavía no habían cumplido los 18 años, asegurándoles que ya podrían votar. Al preguntarle si las elecciones estaban próximas, respondió afirmativamente.

Está claro  que estamos ante una práctica que plantea serias dudas sobre la transparencia del proceso electoral y sobre el respeto a los requisitos legales para el ejercicio del derecho al voto. Corresponde a las autoridades ofrecer explicaciones claras y garantizar que cualquier censo electoral se elabore con pleno respeto a la ley y bajo mecanismos de control independientes.

Por eso hoy el mensaje debe ser claro: no nos dejemos intimidar. La dictadura ha conseguido durante décadas que el miedo alcance tanto a quienes la padecen como a muchos de quienes la sostienen. Pero ningún sistema basado exclusivamente en el temor es invencible. Cuando los ciudadanos dejan de intimidarse unos a otros, recuperan la confianza y comprenden que el miedo es precisamente el principal instrumento del poder, empieza a resquebrajarse el muro que durante casi seis décadas ha mantenido secuestrada a Guinea Ecuatorial.

 

 

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