Por Juan Cuevas, Secretario de Formación del Partido del Progreso
La escasa presencia de mujeres en el poder ejecutivo no es un simple dato estadístico, sino el reflejo de una estructura política que continúa reservando los espacios de decisión fundamentalmente a los hombres, pese al enorme peso que las mujeres tienen en la economía familiar, en la agricultura, en el comercio y en la vida social del país.
Hay preguntas que terminan imponiéndose por la fuerza de los datos y una de ellas es qué lugar ocupa realmente la mujer en el poder político de Guinea Ecuatorial. Durante décadas, el régimen de Teodoro Obiang Nguema ha utilizado en sus discursos la defensa de la mujer, la igualdad y el reconocimiento de su papel en la sociedad, pero cuando se observa quién ocupa los puestos desde los que se toman las grandes decisiones del Estado, la realidad resulta difícil de conciliar con esa retórica oficial. Guinea Ecuatorial ha figurado durante años entre los países del mundo con menor presencia femenina en los gobiernos y, aunque la composición del Ejecutivo ha experimentado algunos cambios, la participación de las mujeres continúa siendo extraordinariamente reducida en comparación con la de los hombres y con la evolución que se está produciendo en otros países africanos.
Los datos disponibles son suficientemente elocuentes. Según los datos de la Unión Interparlamentaria y ONU Mujeres recogidos por el Banco Mundial, en 2024 las mujeres ocupaban solamente el 5,3 % de los puestos ministeriales en Guinea Ecuatorial, lo que situaba al país entre los últimos del mundo y en una posición especialmente rezagada dentro de África. La composición del Gobierno nombrado en junio de 2026 ha incorporado a varias mujeres en puestos ministeriales y de responsabilidad, entre ellas Rosario Mbasogo Kung, como ministra de Integración Regional, Consuelo Nguema Oyana, como ministra de Igualdad de Género y Asuntos Sociales, y Milagrosa Obono Angüe, como ministra delegada de Hacienda, pero estos nombramientos, aunque deben ser reconocidos, no modifican sustancialmente una realidad política en la que los hombres continúan ocupando de manera abrumadora la mayoría de las posiciones de poder.
La cuestión, por tanto, no debería reducirse a contar cuántas mujeres hay en un determinado Gobierno, porque detrás de ese porcentaje existe una cuestión política mucho más profunda: qué consideración tiene el sistema de poder hacia la capacidad de las mujeres para participar en la dirección del Estado. Cuando durante años una sociedad cuenta con mujeres plenamente capacitadas, profesionalmente preparadas y económicamente activas, pero su presencia en los órganos de decisión continúa siendo testimonial, resulta difícil sostener que estamos simplemente ante una casualidad o ante una consecuencia inevitable de la tradición.

Postureo, pura propaganda de los Obiang
Una sociedad sostenida por mujeres y un poder político ocupado por hombres
Existe en Guinea Ecuatorial una paradoja que debería ser motivo de reflexión nacional. La mujer tiene un peso enorme en la economía real y, sin embargo, un peso extraordinariamente reducido en la economía del poder. En los mercados, en las explotaciones agrícolas, en el pequeño comercio, en la transformación y distribución de alimentos y en la administración de la economía familiar, la presencia de las mujeres es constante y decisiva. En numerosas familias son ellas quienes administran los recursos disponibles, garantizan la alimentación, educan a los hijos, comercializan productos y mantienen en funcionamiento una parte esencial de la economía cotidiana.
La realidad africana demuestra, además, que este fenómeno no es exclusivo de Guinea Ecuatorial. La FAO lleva décadas documentando la importancia de las mujeres en los sistemas agrícolas y alimentarios del continente. En Camerún, por ejemplo, ha señalado el papel central de las mujeres rurales en la agricultura y su participación en actividades como la cría de aves de corral y pequeños animales, además de su presencia en el procesamiento y comercialización de productos. Estudios más recientes de la propia organización han vuelto a poner de manifiesto el peso de las mujeres en la fuerza laboral agrícola africana y la importancia de su contribución a la seguridad alimentaria y a la economía de las familias.
No hace falta trasladar automáticamente esos porcentajes a Guinea Ecuatorial para comprender la dimensión de la paradoja. Basta con observar la vida cotidiana del país para comprobar que la mujer guineana está presente en prácticamente todos los eslabones de la economía de subsistencia y del pequeño comercio, mientras su presencia disminuye considerablemente cuando se llega a los lugares donde se deciden los presupuestos, las políticas públicas, las inversiones, la agricultura, la educación, la sanidad o el futuro económico del país. La mujer sostiene una parte esencial de la sociedad, pero el poder político sigue considerándola secundaria.
Y aquí aparece la cuestión que el Gobierno guineano debería responder: ¿por qué una sociedad que depende tanto del trabajo, de la iniciativa y de la capacidad de sus mujeres continúa reservándoles una presencia tan limitada en los órganos donde se decide el destino colectivo?
Guinea Ecuatorial no está condenada a ser así
No puede alegarse que la escasa presencia femenina en el Gobierno sea una característica inevitable de África. El continente está experimentando una transformación importante y numerosos países han comprendido que la incorporación de mujeres a los órganos de poder no constituye únicamente una cuestión de justicia, sino también una forma de aprovechar mejor los recursos humanos disponibles.
Los datos permiten comprobar la magnitud de la diferencia. En 2024, las mujeres representaban el 45,5 % de los ministros en Etiopía, el 43,8 % en Sudáfrica y el 42,3 % en Madagascar, mientras Santo Tomé y Príncipe alcanzaba el 41,7 %, Namibia el 36,8 %, Liberia el 35,3 %, Burundi, Malawi y Sierra Leona el 33,3 %, y Cabo Verde el 31,3 %. Incluso países con importantes dificultades económicas, institucionales o democráticas han conseguido una presencia femenina en sus gobiernos muy superior a la de Guinea Ecuatorial.
La comparación resulta todavía más reveladora cuando se observa que tampoco puede utilizarse la religión como explicación. Algunos países de mayoría musulmana presentan porcentajes de representación femenina muy superiores a los de Guinea Ecuatorial, como Marruecos, con un 26,3 %, o Túnez, con un 25 %. La explicación, por tanto, no está en la religión, ni en la geografía, ni en una supuesta incapacidad de las mujeres africanas para participar en política. Está en las decisiones que adoptan los sistemas políticos.
Una mujer en un puesto importante no cambia por sí sola una estructura
Guinea Ecuatorial protagonizó en 2023 un acontecimiento histórico cuando Manuela Roka Botey se convirtió en la primera mujer en ocupar la jefatura del Gobierno. El nombramiento tenía una evidente importancia simbólica y representaba una ruptura con una tradición política dominada prácticamente en exclusiva por hombres, pero la existencia de una mujer en un puesto de máxima responsabilidad no significa necesariamente que haya desaparecido la discriminación estructural que afecta al conjunto de las mujeres.
La cuestión no es si el régimen puede nombrar ocasionalmente a una mujer para un cargo importante, sino si las mujeres guineanas tienen realmente las mismas oportunidades que los hombres para acceder a las posiciones de responsabilidad. Una democracia no demuestra su compromiso con la igualdad mediante una excepción, sino mediante la existencia de oportunidades reales y permanentes para todos sus ciudadanos.
La experiencia de otros países demuestra, además, que las mujeres suelen encontrarse sobrerrepresentadas en determinadas áreas relacionadas con asuntos sociales, familia o igualdad, mientras los hombres mantienen una posición predominante en carteras consideradas estratégicas, como Economía, Defensa, Interior, Exteriores o Infraestructuras. Esto no significa que una mujer no pueda desempeñar esas responsabilidades, sino que pone de manifiesto la persistencia de una determinada concepción del poder que atribuye a los hombres los asuntos considerados fundamentales y reserva a las mujeres aquellos que tradicionalmente han estado relacionados con el cuidado y la esfera social.
Guinea Ecuatorial debería preguntarse si quiere reproducir ese modelo o si está preparada para superarlo.
¿Machismo institucional?
Llamar a las cosas por su nombre siempre resulta incómodo, especialmente cuando se cuestiona a un poder que lleva décadas presentándose como garante de la estabilidad y del bienestar social. Sin embargo, cuando una sociedad dispone de mujeres preparadas, profesionales, empresarias, agricultoras, comerciantes, funcionarias y trabajadoras, y al mismo tiempo esas mujeres encuentran enormes dificultades para alcanzar los espacios donde se toman las decisiones políticas, resulta legítimo hablar de discriminación política por razón de sexo y preguntarse si existe un problema de machismo institucional.
No es necesario que un gobernante pronuncie públicamente una frase abiertamente machista para que pueda identificarse una estructura política discriminatoria. Las instituciones también hablan mediante sus resultados y, cuando durante años la composición de los órganos de poder muestra una presencia femenina marginal, mientras los hombres monopolizan la mayoría de las posiciones de decisión, esos resultados constituyen por sí mismos un motivo de reflexión.
La situación resulta todavía más preocupante si detrás de esa exclusión existe una concepción de la mujer limitada a su papel doméstico, familiar o sexual, porque semejante visión no solamente degrada a la mujer, sino que empobrece a toda la sociedad. Una mujer guineana no necesita que el poder la presente como alguien a quien proteger o tutelar; necesita que se reconozca su condición de ciudadana con plena capacidad para participar, decidir y asumir responsabilidades públicas.
No se trata de regalar puestos, sino de abrir las puertas
La solución tampoco tiene por qué consistir necesariamente en establecer una política rígida de cuotas. En el ppge, creemos que las cuotas pueden ser utilizadas como instrumento temporal en determinados contextos, pero el objetivo de una democracia madura debería ser que hombres y mujeres compitan y accedan a las responsabilidades públicas en función de su preparación, su capacidad, su experiencia y su compromiso, sin que el sexo constituya una barrera de entrada.
El problema de Guinea Ecuatorial es que ni siquiera existe todavía esa igualdad efectiva de oportunidades. Si las mujeres no tienen acceso real a los espacios políticos, difícilmente podrán demostrar allí su capacidad en las mismas condiciones que los hombres. Por eso la responsabilidad no corresponde exclusivamente al Gobierno, sino también a los partidos políticos, que tienen la obligación de formar cuadros femeninos, promover su participación, incorporarlas a sus estructuras de dirección y facilitar que puedan concurrir a las elecciones y asumir responsabilidades en igualdad de condiciones.
No se trata de regalar puestos a las mujeres, sino de impedir que los puestos se sigan repartiendo sistemáticamente entre hombres simplemente porque así lo ha establecido una tradición política que ya no responde a la realidad social del país.
Un país no puede desperdiciar a la mitad de su talento
Los países africanos que están avanzando en esta materia han comprendido algo elemental: incorporar a las mujeres a la vida política no es únicamente una cuestión de justicia, sino también una cuestión de desarrollo. La mujer africana desempeña un papel fundamental en la agricultura, en la seguridad alimentaria, en el comercio, en la economía familiar y en la cohesión de las comunidades, por lo que excluirla de los centros de decisión supone desperdiciar una parte esencial del talento disponible.
Guinea Ecuatorial necesita precisamente ese talento. Necesita mujeres en la agricultura y en la educación, pero también en Economía, Hacienda, Justicia, Defensa, Exteriores, Infraestructuras y en todos aquellos ámbitos en los que se decide el futuro del país. La mujer guineana no tiene por qué limitarse a ocuparse de las consecuencias de las decisiones que toman otros; tiene exactamente el mismo derecho que el hombre a participar en esas decisiones.
El Partido del Progreso de Guinea Ecuatorial, PPGE, contempla en su programa político que la mujer tenga en la vida pública la representación que le corresponde por su capacidad, preparación y compromiso. El partido no considera que la mujer guineana necesite cuotas para demostrar su valía, sino que posee sobradamente las cualidades profesionales y personales necesarias para desempeñar cualquier responsabilidad pública y que lo que debe desaparecer son las barreras políticas que impiden que esas capacidades lleguen a los lugares donde se toman las decisiones.

Armengol Engonga, presidente del PPGE, defiende firmemente la igualdad real entre hombres y mujeres, no como una consigna política de circunstancias, sino como una convicción que forma parte de su propia experiencia y de su manera de entender la sociedad. Desde esa perspectiva, la cuestión de la participación política de las mujeres no puede quedar reducida a un discurso de campaña ni a la creación ocasional de algún cargo destinado específicamente a ellas, sino que debe formar parte de una transformación profunda de la cultura política del país.
Guinea Ecuatorial necesita abandonar definitivamente la vieja idea de que la mujer debe permanecer detrás del hombre. La mujer guineana ya está delante en muchos aspectos de la vida real: trabaja, produce, comercia, administra hogares, educa a los hijos y sostiene comunidades enteras; lo que falta es que el poder político esté a la altura de esa realidad y reconozca que ninguna sociedad puede aspirar a desarrollarse mientras mantiene apartada de sus centros de decisión a una parte tan importante de su población.
Por eso el debate sobre la mujer en Guinea Ecuatorial no debería plantearse como una cuestión secundaria ni como una concesión que el poder puede hacer cuando le resulte conveniente. Es una cuestión de derechos, de democracia y también de eficacia política, porque un país que excluye a sus mujeres de los espacios de poder está renunciando deliberadamente a una parte esencial de su talento y de su capacidad para construir el futuro.
La mujer guineana no pide que le regalen un lugar en el futuro de Guinea Ecuatorial; pide que no se le impida ocuparlo.


