Segunda parte
Por Armengol Engonga Ondo, presidente del Partido del Progreso de Guinea Ecuatorial
Queridos compatriotas,
Cuando pienso en lo que significa realmente la democracia, hay una imagen que me ayuda a entender muchas cosas y que quizá sea demasiado sencilla, pero precisamente por eso creo que puede servir para explicarlas.
Me imagino un carro tirado por diez personas. Las diez tienen el mismo derecho a decidir hacia dónde quieren ir y, cuando llega el momento de elegir a quien debe ponerse delante para coordinar el esfuerzo y la dirección, cada una dispone de un voto exactamente igual que las demás. No hay un voto que valga más porque quien lo emite tenga más dinero, más estudios o una posición social determinada. Son diez ciudadanos y los diez tienen la misma capacidad para decidir quién debe asumir temporalmente esa responsabilidad.
Hasta aquí, todo parece sencillo.

El problema empieza cuando el que ha sido elegido para coordinar el esfuerzo y trazar la dirección empieza a pensar que su trabajo consiste en conseguir que cada vez sean más las personas que lo apoyen y empieza a meter cada vez más gente dentro del carro quitándolas de la tarea de empujar.
Primero sube a uno, porque es amigo suyo o porque considera que puede ayudarle. Después sube a otro y le entrega una responsabilidad. Luego incorpora a otro, y después a otro más. Poco a poco, el carro comienza a llenarse de personas que ya no están tirando de él, mientras aquellos diez que al principio hacían el esfuerzo empiezan a ser cada vez menos.
Y entonces ocurre algo que me parece muy humano.
Los que siguen tirando comienzan a preguntarse para qué están haciendo tanto esfuerzo si otros están cómodamente dentro del carro.
El que todavía está fuera empieza a pensar que quizá él también debería buscar la manera de subir.
Y el que ya está dentro procura, naturalmente, no volver a salir.
Si seguimos así, llegará un momento en que todos querrán estar dentro y no quedará nadie dispuesto a tirar.
Entonces el carro, sencillamente, dejará de avanzar.
Y si no hay nadie que tire, por mucho que el que está sentado delante diga que tenemos un gran proyecto, que vamos hacia un lugar maravilloso o que algún día llegaremos a la cima de la montaña, el carro seguirá exactamente donde se quedó parado.
La carrera ha terminado.
El camino también.
Y todo el esfuerzo realizado anteriormente habrá quedado en nada.
A mí me parece que esta imagen sirve para entender uno de los grandes peligros que tiene cualquier sistema político cuando empieza a confundirse el servicio público con el reparto de posiciones, privilegios o dependencias. Una sociedad no puede sostenerse indefinidamente si consigue que una parte cada vez mayor de sus ciudadanos espere vivir del carro en lugar de ayudar a tirar de él.
Y aquí quiero detenerme porque creo que hablamos demasiado poco de los que tiran del carro.

Los que tiran son personas valientes.
Son personas que madrugan, que trabajan, que pagan sus impuestos, que ponen en marcha una empresa, que estudian, que enseñan a sus hijos, que atienden a sus mayores, que cuidan de un enfermo, que investigan, que producen, que labran la tierra, que crean empleo, que mantienen una familia, que cumplen con sus obligaciones y que, muchas veces sin que nadie se lo agradezca, siguen haciendo su parte para que la sociedad funcione.
Son ellos los que hacen posible que el carro avance.
Y una sociedad que aspire a progresar tiene que saber reconocer ese esfuerzo.
No estoy diciendo que unos ciudadanos sean más importantes que otros. En democracia, todos tienen la misma dignidad y los mismos derechos políticos. El voto de quien tira del carro vale exactamente lo mismo que el de quien va sentado dentro de él.
Pero una cosa es la igualdad ante la ley y la igualdad del voto, que debemos defender siempre, y otra muy distinta es ignorar las diferencias que existen en el esfuerzo, en la responsabilidad y en la contribución que cada persona hace al bien común.

Si queremos construir una sociedad avanzada, tenemos que ser capaces de reconocer a quienes aportan.
Tenemos que conseguir que trabajar, estudiar, emprender, investigar, cuidar, enseñar, innovar o comprometerse con los demás sean actividades valoradas socialmente. Y tenemos que evitar que la relación con el poder, como ocurre hoy, se convierta en el camino más fácil para mejorar la vida de una persona.
Porque cuando una sociedad empieza a enseñar que lo importante es conseguir un puesto, una prebenda, una protección o una relación privilegiada con quien gobierna, poco a poco va perdiendo algo mucho más importante: la motivación de sus propios ciudadanos.
El problema no es que haya personas dentro del carro.
El problema aparece cuando el sistema empieza a premiar más a quien consigue sentarse dentro que a quien sigue haciendo el esfuerzo de tirar de él.
Y entonces se produce una transformación muy peligrosa. El ciudadano deja de preguntarse qué puede aportar y empieza a preguntarse qué puede conseguir del poder. El político deja de buscar ciudadanos capaces de participar y empieza a buscar personas dependientes de su favor. Y, cuando eso se convierte en una costumbre, la sociedad pierde fuerza porque cada vez son menos los que quieren asumir responsabilidades y cada vez son más los que esperan que alguien se las resuelva.
Yo no quiero una sociedad así para Guinea Ecuatorial.

Quiero una sociedad de ciudadanos.
Una sociedad en la que las personas sepan que el Gobierno tiene unas obligaciones muy concretas, pero también sepan que el país no puede avanzar si todo el mundo espera que el Gobierno haga por ellos aquello que ellos mismos pueden y deben hacer.
El Estado tiene que proporcionar buenos servicios públicos, garantizar la seguridad, impartir justicia, construir y mantener infraestructuras, crear las condiciones para que la economía pueda desarrollarse y administrar correctamente los recursos que pertenecen a todos. Pero los ciudadanos también tienen que asumir su parte del contrato social.
Queremos buenos hospitales y buenas escuelas, queremos carreteras, agua, seguridad, justicia y oportunidades para nuestros hijos, y todo eso necesita recursos. Una sociedad que quiere disfrutar de unos servicios públicos de calidad tiene que estar dispuesta a contribuir para sostenerlos, mediante sus impuestos y también mediante su trabajo, su conocimiento, su iniciativa, su responsabilidad y su solidaridad.
No podemos construir un país moderno pensando solamente en lo que vamos a recibir.
Tenemos que preguntarnos también qué estamos dispuestos a aportar.
Ahí es donde empieza, en mi opinión, una sociedad verdaderamente madura.

Por eso creo que tenemos que educar a nuestros ciudadanos para que sean cada vez más exigentes, pero también para que sean cada vez más responsables. No podemos pedir una sociedad exigente si antes no ayudamos a las personas a comprender que tienen derecho a preguntar dónde se gasta el dinero público, qué resultados obtiene el Gobierno, por qué funciona mal un determinado servicio y qué se está haciendo para corregirlo.
El ciudadano no tiene que aceptar que algo funcione mal porque siempre ha funcionado mal; tiene que poder preguntar, reclamar y criticar cuando considere que algo no funciona, pero también debe conservar algo que me parece fundamental en una democracia: la libertad para cambiar de opinión cuando comprueba que las cosas no se han hecho bien o cuando considera que otra opción puede responder mejor a las necesidades de la sociedad.
Pero también tiene que saber que una sociedad no se construye únicamente exigiendo a los demás.
Se construye participando.

Y aquí vuelvo otra vez al carro.
Yo no quiero una Guinea Ecuatorial en la que todo el mundo esté pendiente de conseguir un asiento. Quiero una Guinea Ecuatorial en la que las personas sientan orgullo de estar entre quienes tiran, porque saben que su esfuerzo sirve para que el país avance y porque saben también que ese esfuerzo será reconocido.
Creo que tenemos que recuperar esa dignidad del ciudadano que contribuye.
No como un sacrificio inútil, sino como una forma de participar en algo que es de todos y que merece la pena.
Y esto tiene mucho que ver con la política y con la alternancia.
Porque el ciudadano no puede ser considerado simplemente como alguien que aparece cada cierto número de años para depositar una papeleta y después vuelve a desaparecer de la vida pública.
La democracia no termina cuando se cierran las urnas.
El voto permite elegir a quienes van a asumir temporalmente una responsabilidad, pero después comienza otra tarea mucho más larga: observar cómo gobiernan, exigir que rindan cuentas, reconocer aquello que hacen bien, señalar aquello que hacen mal y estar preparado para decidir de nuevo cuando llegue el momento.

Los políticos tampoco somos una raza aparte.
Somos parte del pueblo.
Tenemos familias, preocupaciones, capacidades y defectos como cualquier otra persona y, durante un tiempo determinado, recibimos la responsabilidad de administrar una parte de los asuntos que pertenecen a todos. Precisamente por eso debemos recordar siempre que el cargo no nos convierte en propietarios del país ni nos coloca por encima de quienes nos han confiado esa responsabilidad.
El pueblo no tiene que tener miedo al Gobierno.
Y el Gobierno tampoco debe considerar que el pueblo no se entera de nada.
Un Gobierno responsable sabe que detrás de cada ciudadano hay una persona que observa, que piensa, que compara y que, llegado el momento, tiene derecho a decidir.
Por eso la alternancia es tan importante.
Pero también por eso debemos tener cuidado con la manera en que entendemos la alternancia. No se trata de convertir a la población en un rebaño que pueda ser pastoreado de un lado a otro según los intereses de un partido político. La democracia no consiste en conseguir que los ciudadanos sigan consignas ni en sustituir una dependencia por otra.
La democracia necesita ciudadanos libres.
Ciudadanos capaces de escuchar a unos y a otros, de pensar por sí mismos y de decidir de acuerdo con lo que consideran mejor para Guinea Ecuatorial.
Y cuando esos ciudadanos deciden que ha llegado el momento de cambiar a quienes gobiernan, ese cambio debe poder producirse con normalidad, sin miedo, sin traumas y sin que nadie considere que perder el poder significa perderlo todo.
Porque ahí está precisamente la grandeza de la alternancia.
Quien gobierna tiene que saber que algún día puede dejar de gobernar, y quien está en la oposición tiene que saber que algún día puede tener la responsabilidad de gobernar. Unos y otros necesitan las mismas reglas y deben aceptar que las instituciones están por encima de las personas.
Después de tantos años de lucha política, creo que Guinea Ecuatorial necesita aprender precisamente eso: que el poder es temporal y que el país es permanente.
Por eso sigo defendiendo que una nueva Constitución democrática, aprobada por los ciudadanos durante la transición, debería establecer un límite claro de diez años para el ejercicio de la Presidencia de la República, mediante dos mandatos de cinco años, y que ese límite no pudiera modificarse para favorecer a quien se encuentre en ese momento ejerciendo el poder.
No se trata de desconfiar de una persona concreta.
Se trata de evitar que el sistema vuelva a depender de una persona concreta.
Las instituciones tienen que ser más fuertes que quienes las ocupan y los ciudadanos tienen que ser suficientemente fuertes, libres y responsables como para hacer que esas instituciones funcionen.
Al final, vuelvo a la imagen con la que comenzaba esta reflexión. Un carro no avanza porque alguien se coloque delante y diga hacia dónde hay que ir; avanza porque hay personas dispuestas a tirar de él. Quien recibe la responsabilidad de dirigir tiene que saber coordinar ese esfuerzo, cuidar a quienes lo realizan y conseguir que cada vez haya más personas dispuestas a participar, no que cada vez haya más personas esperando un sitio dentro del carro.
Sería muy triste que, después de tanto esfuerzo, llegáramos a un punto en el que todos quisiéramos estar dentro y nadie quisiera tirar de él. Porque entonces no importaría quién estuviera sentado delante: el carro dejaría de avanzar y todo lo que habíamos construido con tanto esfuerzo terminaría perdiendo su sentido.

Por eso, cuando hablo de democracia, no pienso solamente en elecciones, Gobiernos o partidos políticos. Pienso en una sociedad capaz de sostener su propio futuro; una sociedad en la que los ciudadanos sean tratados con respeto, en la que se valore el esfuerzo, se premie la responsabilidad, se incentive la iniciativa y se reconozca a quienes, muchas veces sin hacer ruido, hacen posible que los demás podamos avanzar.
Y pienso también en una sociedad que no tenga miedo al cambio.
Porque cuando los ciudadanos son fuertes, el Gobierno no necesita ser temido.
Cuando las instituciones son fuertes, ningún gobernante tiene que sentirse imprescindible.
Y cuando una sociedad ha aprendido a tirar de su propio carro, puede cambiar a quien lo dirige sin que el país se detenga.
Eso, para mí, es una democracia auténtica.
Una sociedad de ciudadanos y no de súbditos; una sociedad exigente, pero también responsable; una sociedad que sabe lo que quiere y está dispuesta a poner de su parte para conseguirlo.
Una sociedad en la que el poder entiende que está al servicio de los ciudadanos y los ciudadanos entienden que el futuro de Guinea Ecuatorial también depende de ellos.
El poder debe saber marcharse.
Y la sociedad debe saber continuar.
Porque las personas pasan, los Gobiernos cambian y las generaciones toman el relevo, pero el país permanece.
Y nuestro deber es conseguir que, cuando llegue el momento de entregar el carro a quienes vienen detrás, puedan encontrarlo en mejores condiciones de como nosotros lo recibimos.
Lo bueno está por llegar.
Un fuerte abrazo fraternal.
Armengol Engonga Ondo


