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GUINEA ECUATORIAL ANTE LOS PELIGROS DE LA TRANSICIÓN: CAMBIAR EL RÉGIMEN NO BASTARÁ PARA CONSTRUIR LA DEMOCRACIA

Por Redacción

27/10/2026

Juan Cuevas Secretario del Formación del PPGE

La desaparición del régimen de los Obiang abrirá una oportunidad histórica para Guinea Ecuatorial, pero también entrañará riesgos. Si no aprendemos de nuestro pasado y de las experiencias de otros países, podemos terminar sustituyendo una dictadura por otra, cambiando los nombres de los gobernantes mientras permanecen intactas las prácticas autoritarias.

La transición no debe limitarse a cambiar a quienes ejercen el poder. Debe transformar las instituciones, las mentalidades y la cultura política de nuestro país.

El final del régimen actual será una condición indispensable para iniciar la transición, pero no garantizará por sí solo la llegada de la democracia. Podemos cambiar a los dirigentes y conservar la corrupción, el clientelismo, la impunidad, el miedo y la concentración del poder. Por eso, Guinea necesita instituciones independientes, una justicia sometida a la ley y una Administración pública al servicio de todos los ciudadanos.

Uno de los daños más profundos de tantos años de autoritarismo ha sido acostumbrar a los ciudadanos a convivir con el engaño y el miedo. Cuando el poder controla la información, castiga la discrepancia y premia la obediencia, una parte de la sociedad termina confundiendo el silencio con la prudencia, los favores del gobernante con derechos ciudadanos y la obediencia con el patriotismo.

Muchos guineanos han callado por miedo o por necesidad, y no sería justo juzgarlos a todos de la misma manera. Sin embargo, debemos reconocer que una dictadura prolongada también deja huellas en la mentalidad colectiva. Por eso, nuestra transición deberá ser política, institucional y cultural. Necesitamos ciudadanos capaces de pensar por sí mismos, cuestionar a sus dirigentes y comprender que el Estado pertenece al conjunto de la nación, no a una familia ni a un partido.

Debemos preguntarnos cómo fue posible que Francisco Macías Nguema, un dirigente que acabaría imponiendo un régimen violento y sanguinario, consiguiera el apoyo popular suficiente para ganar las primeras elecciones presidenciales de Guinea Ecuatorial en 1968.

La respuesta exige comprender el contexto de la independencia. Guinea salía de la dominación colonial y su población aspiraba legítimamente a la libertad, la dignidad y una vida mejor. Pero aquella ilusión coexistía con una escasa experiencia democrática y con el desconocimiento de los mecanismos económicos y políticos necesarios para construir un Estado moderno.

Macías supo explotar esas aspiraciones mediante un discurso populista. Alimentó el resentimiento contra los españoles y prometió que los guineanos se quedarían con sus bienes y propiedades, llegando incluso a utilizar promesas demagógicas sobre sus vidas privadas y sus mujeres. El mensaje podía resultar atractivo para una población que deseaba disfrutar de las condiciones de vida que había observado entre los europeos, pero que no siempre disponía de los conocimientos necesarios para comprender cómo se creaba, se administraba y se mantenía la riqueza.

El problema no era que los guineanos quisieran vivir mejor. Era que se les ofrecía una promesa fácil en lugar de una explicación realista sobre el trabajo, la producción, la propiedad, la educación y la construcción de instituciones capaces de generar prosperidad.

Macías no se limitó a explotar las aspiraciones materiales. También sembró el odio y el culto a su propia persona. En sus concentraciones públicas llegó a pronunciar expresiones como: «Llamad a Dios, a ver si contesta; Macías sí contesta». Con este tipo de mensajes pretendía situarse por encima de cualquier autoridad y alimentar una obediencia que terminaría convirtiéndose en sometimiento.

La lección es fundamental: cuando la ignorancia política se combina con el resentimiento, las promesas demagógicas y la ausencia de instituciones, un pueblo puede terminar entregando su libertad a quien promete defenderlo.

No debemos despreciar a quienes fueron engañados ni olvidar las circunstancias históricas de aquella época. Debemos aprender de ellas. La independencia política no garantiza automáticamente la libertad individual, del mismo modo que la expulsión de una potencia colonial no asegura la prosperidad ni la democracia.

Guinea accedió a la democracia sin haber desarrollado suficientemente una cultura democrática. Y, después de décadas de dictadura, muchos guineanos siguen sin haber podido conocer y practicar una democracia auténtica. Por eso, la transición deberá ir acompañada de una profunda labor de formación ciudadana. Hay que aprender qué son los derechos, cómo funcionan las instituciones, por qué deben respetarse las minorías y por qué ningún dirigente puede situarse por encima de la ley.

No basta con votar. Hay que saber elegir, exigir responsabilidades y comprender que ningún gobernante puede resolver nuestros problemas mediante su voluntad personal. La democracia requiere ciudadanos informados, capaces de discernir entre una propuesta seria y una promesa populista.

Guinea también deberá protegerse de los nostálgicos del pasado y de quienes pretendan aprovechar la transición para recuperar sus privilegios. Cuando desaparezca el régimen de los Obiang, algunos de sus antiguos colaboradores lamentarán los errores del sistema y se presentarán como los nuevos salvadores del pueblo. Algunos podrán haber evolucionado sinceramente; otros intentarán cambiar de discurso para conservar su influencia.

Debemos decirlo con claridad: quienes hayan cooperado activamente con la dictadura para empobrecer, reprimir y violentar al pueblo no pueden convertirse automáticamente, una vez terminado el régimen, en los paladines de la democracia. No basta con abandonar el discurso oficial, proclamarse opositor o descubrir repentinamente las virtudes de la libertad.

La responsabilidad debe examinarse individualmente, atendiendo a los actos, las pruebas y las circunstancias. No se trata de excluir a nadie por sus antiguas afiliaciones ni de impedir que una persona rectifique. Se trata de evitar que quienes contribuyeron conscientemente a destruir las libertades se apropien de la transición y vuelvan a controlar las instituciones.

La experiencia administrativa puede ser útil para reconstruir el Estado, pero haber servido a una dictadura no constituye, por sí mismo, un mérito democrático. Necesitamos una transición inclusiva, pero no ingenua; abierta a la reconciliación, pero firme frente a los abusos.

La historia demuestra que no todas las transiciones terminan bien. En Irán, la caída del sah en 1979 dio paso a otro sistema autoritario. En Rusia, la desaparición de la Unión Soviética no impidió la posterior concentración del poder. En Argelia, la interrupción del proceso electoral de 1991-1992 desembocó en una guerra civil devastadora. En la antigua Yugoslavia, la instrumentalización de los nacionalismos contribuyó a desencadenar conflictos y atrocidades. Y en Egipto, la caída de Mubarak en 2011 no evitó el regreso del autoritarismo tras el golpe militar de 2013.

Son experiencias diferentes, pero comparten una advertencia: derrotar a un régimen no equivale a construir una democracia. Para conseguirlo hacen falta instituciones sólidas, acuerdos sobre las reglas del juego y dirigentes dispuestos a aceptar límites a su poder.

Nuestra propia historia, desde Macías hasta las décadas posteriores bajo los Obiang, debe servirnos de advertencia. La manipulación de los sentimientos colectivos, la intimidación de los adversarios y la utilización del nacionalismo para dividir a la sociedad pueden abrir el camino a nuevas formas de tiranía.

Guinea es una nación plural. Ninguna comunidad debe sentirse superior a otra ni temer que el cambio político se convierta en una amenaza para su identidad o sus derechos. No podemos permitir que se exploten las diferencias étnicas, el miedo o el resentimiento para conquistar o conservar el poder.

Otro peligro será la violencia. La indignación acumulada durante décadas y la legítima exigencia de justicia no deben convertirse en una nueva tragedia nacional. Libia, tras la caída de Gadafi en 2011, demuestra que el derrumbe de un régimen sin instituciones capaces de garantizar la seguridad puede desembocar en fragmentación y conflicto prolongado.

Debemos distinguir entre justicia y venganza. Quienes hayan cometido delitos tendrán que responder ante una justicia independiente, con pruebas y garantías procesales. La reconciliación no puede significar impunidad, pero tampoco puede convertirse en persecución colectiva.

La propaganda del régimen puede sobrevivir incluso dentro de nuestras propias filas. Después de tantos años de manipulación informativa, resulta preocupante que algunos opositores compartan mensajes oficiales sin comprobarlos, presenten las ceremonias gubernamentales como prueba de una buena gestión o repitan las explicaciones del poder sin contrastarlas.

No toda información oficial es falsa, pero ninguna debe aceptarse automáticamente por proceder del Gobierno. Una ceremonia no demuestra una buena gestión; una promesa no equivale a un resultado, y una fotografía de una obra pública no demuestra que se hayan atendido las necesidades prioritarias de la población.

Antes de compartir una información, debemos preguntarnos quién la publica, qué pruebas aporta, qué aspectos omite y si existen fuentes independientes para contrastarla. La oposición democrática debe ser especialmente rigurosa: no podemos combatir la manipulación del régimen reproduciendo sus mensajes.

Necesitamos desarrollar el espíritu crítico y aprender a reconocer la fabricación de enemigos, el culto al dirigente, la desinformación y la explotación del miedo. Una ciudadanía crítica no rechaza todo por sistema: contrasta las fuentes, exige pruebas y está dispuesta a rectificar cuando los hechos lo exigen.

En este sentido, el PPGE debe contribuir a una tarea que va más allá de la lucha por el poder: formar ciudadanos conscientes de sus derechos y deberes, explicar los principios de la democracia, promover el pensamiento crítico y ayudar a que la sociedad comprenda las consecuencias de las decisiones políticas. No se trata de sustituir una propaganda por otra, sino de enseñar a los guineanos a pensar libremente, evaluar las propuestas y exigir resultados a sus dirigentes.

La formación democrática debe comenzar antes de la transición y continuar después de ella. Un pueblo que no conoce sus derechos difícilmente podrá defenderlos; un ciudadano que depende de los favores del gobernante difícilmente podrá exigirle responsabilidades.

La transición deberá contar con reglas claras: libertades públicas, justicia independiente, reforma de las instituciones de seguridad, elecciones libres, transparencia en la gestión de los recursos públicos y mecanismos eficaces contra la corrupción. También deberá garantizar que todas las comunidades de Guinea disfruten de los mismos derechos y oportunidades.

No bastará con prometer elecciones; habrá que garantizar que los ciudadanos puedan elegir libremente. No bastará con proclamar la independencia judicial; habrá que impedir las instrucciones políticas a los jueces. Y no bastará con denunciar la corrupción del pasado; habrá que construir mecanismos que dificulten su repetición.

Guinea Ecuatorial tiene ante sí una oportunidad que no debe desperdiciar. Si permanecen intactos el miedo, la manipulación, el personalismo y la impunidad, corremos el riesgo de repetir nuestra historia bajo nuevos protagonistas.

Debemos aprender a reconocer a quienes intenten reciclarse políticamente, a quienes exploten nuestras divisiones y a quienes pretendan convertir la indignación popular en una justificación para la violencia. La reconciliación será necesaria, pero no debe imponerse mediante el olvido; la justicia será indispensable, pero nunca debe transformarse en venganza.

El pueblo guineano merece un Estado que respete sus derechos, instituciones que controlen a quienes gobiernan y dirigentes que comprendan que el poder es una responsabilidad temporal, nunca una propiedad personal.

Que no nos engañen dos veces con la misma mentira. Que no nos dividan otra vez con los mismos odios. Que no nos sometan de nuevo mediante los mismos miedos.

La verdadera victoria no será el día en que desaparezca una dictadura, sino el día en que Guinea Ecuatorial haya construido una democracia capaz de impedir que vuelva a repetirse.

 

 

 

 

 

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