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La homilía que incomodó al poder

Por Redacción

13/10/2026

Editorial | El Confidencial

Hay palabras que incomodan al poder porque ponen delante de sus ojos una realidad que lleva demasiado tiempo intentando ocultar. La homilía de monseñor Miguel Ángel Nguema Bee, obispo de Bata y administrador apostólico de Malabo, pertenece a esa categoría. Mientras el régimen de Teodoro Obiang sigue refugiándose en los discursos de siempre, una voz de la Iglesia ha recordado que la independencia no sirve de mucho si los ciudadanos continúan sometidos a la corrupción, la injusticia y el abuso de poder.

Desde el Partido del Progreso de Guinea Ecuatorial (PPGE) queremos felicitar públicamente a monseñor Nguema Bee por unas palabras que devuelven a la Iglesia una de sus responsabilidades esenciales: mirar de frente el sufrimiento de la gente y no guardar silencio cuando la dignidad humana está en juego. No se trata de que los obispos hagan política partidista, sino de que no den la espalda a la realidad social y moral de su pueblo.

«Un pueblo puede ser políticamente independiente y, sin embargo, permanecer esclavo de la corrupción, la injusticia, el egoísmo, la mentira, las divisiones y el abuso de poder», afirmó el prelado. Es difícil expresar con mayor claridad la contradicción que vive Guinea Ecuatorial: un país soberano sobre el papel, pero donde demasiados ciudadanos siguen sin disfrutar de las libertades, las oportunidades y la dignidad que deberían acompañar a esa soberanía.

El obispo fue todavía más directo al advertir que no basta con proclamar la honestidad «si toleramos la corrupción», ni con presumir de patriotismo cuando lo que se busca es «únicamente nuestro beneficio personal». Son palabras que deberían hacer reflexionar a quienes llevan décadas ocupando las instituciones del Estado y confundiendo el servicio público con el interés particular.

Porque esa es precisamente una de las grandes preguntas que el régimen de Obiang nunca ha respondido satisfactoriamente: ¿cómo es posible que un país que ha dispuesto de enormes ingresos procedentes del petróleo siga manteniendo a una parte importante de su población en condiciones de precariedad, con servicios públicos insuficientes y escasas oportunidades para los jóvenes? Las infraestructuras, por numerosas que sean, no pueden ocultar las carencias de la vida cotidiana ni sustituir a los derechos ciudadanos.

Monseñor Nguema Bee también cuestionó uno de los argumentos más repetidos por el poder: que el desarrollo de una nación se demuestra levantando edificios, construyendo carreteras o exhibiendo grandes proyectos. El verdadero desarrollo, recordó, debe medirse por la dignidad de las personas y por las oportunidades que se ofrecen a los más vulnerables. Y ahí es donde el balance de décadas de gobierno de Obiang exige explicaciones que no pueden resolverse con propaganda.

Obiang, prisionero de su propio pasado

El contraste con el discurso presidencial resultó especialmente revelador. Frente a la llamada del obispo a examinar la realidad moral y social del país, Obiang volvió a recurrir al repertorio histórico que su régimen lleva décadas utilizando: la independencia, el final de la etapa colonial, la caída de Macías, la estabilidad y las promesas de desarrollo.

La escena dejó una impresión difícil de ignorar: la de un dictador políticamente envejecido, desmotivado y anclado en un pasado al que regresa una y otra vez porque parece incapaz de ofrecer al país un horizonte diferente. Su intervención no transmitió la imagen de un gobernante dispuesto a abrir una nueva etapa, reconocer los fracasos acumulados o presentar un proyecto capaz de responder a las aspiraciones de las nuevas generaciones. Volvió a sonar la vieja letanía de siempre, como si Guinea Ecuatorial siguiera viviendo en la época en que bastaba con invocar la independencia y recordar los horrores de Macías para justificar cualquier cosa.

La impresión que dejó fue la de un hombre encerrado en su propio relato, repitiendo argumentos que ya no explican el presente ni permiten imaginar el futuro. Un dirigente que parece haber agotado políticamente su discurso, pero que continúa aferrado al poder como si el destino del país tuviera que quedar ligado para siempre a su persona.

Y esa es, quizá, la mayor señal de decadencia de un régimen personalista: cuando su máximo responsable deja de hablar del futuro y se refugia permanentemente en lo que ocurrió hace décadas. Cuando no tiene respuestas nuevas para los problemas de siempre y pretende que la población siga viviendo de los recuerdos, las promesas y las justificaciones oficiales.

Obiang parece no querer aceptar que su tiempo histórico se acaba. No podemos saber qué piensa en su fuero interno, pero su discurso público proyecta la imagen de un gobernante que se resiste a admitir que Guinea Ecuatorial ya no puede seguir organizada alrededor de su biografía política. El país ha cambiado, las generaciones se suceden y las aspiraciones de los ciudadanos no pueden permanecer congeladas porque quien gobierna se niegue a pasar página.

La independencia fue una conquista histórica, pero no puede convertirse en una propiedad del dictador. La caída de Macías tampoco le concede una legitimidad perpetua. Y las obras públicas, por numerosas que sean, no compensan la falta de libertades ni justifican que la riqueza nacional no se traduzca en bienestar para la mayoría.

Después de décadas en el poder, Obiang ya no puede presentarse como el hombre que necesita más tiempo para cumplir sus promesas. Ha dispuesto de tiempo, recursos y poder suficientes para demostrar los resultados de su proyecto. Su responsabilidad histórica debe medirse por lo que ha conseguido para los ciudadanos, no por la cantidad de veces que repita sus viejos argumentos.

El problema de fondo es que el dictador parece confundir su permanencia en el poder con la continuidad de Guinea Ecuatorial. Pero el país no es suyo, ni pertenece a su familia, ni puede seguir sometido a los intereses de un círculo que ha convertido el control del Estado en la principal garantía de su supervivencia política.

Un país no puede permanecer indefinidamente prisionero de la biografía de un solo hombre. Guinea Ecuatorial necesita renovar sus instituciones, recuperar la confianza ciudadana y permitir que una nueva generación construya un futuro sin miedo y sin tutelas. Ningún gobernante es imprescindible y ningún régimen tiene derecho a perpetuarse.

Obiang puede seguir apelando al pasado, pero el pasado ya no basta para gobernar el presente. Guinea Ecuatorial necesita futuro, y ese futuro no puede seguir esperando a que el dictador encuentre palabras nuevas para justificar lo que lleva demasiado tiempo sin cambiar.

La Iglesia vuelve a mirar al pueblo

Por eso es importante la intervención de monseñor Nguema Bee. No porque sus palabras vayan a resolver por sí solas los problemas del país, sino porque recuerdan que ninguna autoridad, por poderosa que sea, está por encima de los principios de justicia, honestidad y responsabilidad.

El prelado citó también al papa León XIV, quien durante su encuentro con las autoridades en Malabo, el 21 de abril, exhortó a los gobernantes a impulsar políticas orientadas al bien común. La coincidencia entre ambos mensajes refuerza una idea fundamental: el poder público no es un patrimonio privado ni una recompensa para quienes lo ejercen, sino una responsabilidad hacia todos los ciudadanos.

Desde el PPGE nos felicitamos por este cambio de tono y confiamos en que una parte cada vez más amplia de la Iglesia ecuatoguineana se sienta llamada a acompañar las aspiraciones de libertad, democracia y justicia de nuestro pueblo. La Iglesia no tiene que convertirse en un partido político, pero tampoco debería limitar su misión a las ceremonias religiosas mientras sus fieles padecen la corrupción, la falta de oportunidades y las restricciones de sus derechos.

En este sentido, el mensaje de monseñor Nguema Bee es especialmente oportuno. Cuando afirma que no basta con pedir a Dios que bendiga Guinea Ecuatorial, sino que hay que construir el país mediante las propias decisiones y la propia conducta, está recordando una verdad elemental: ningún milagro puede sustituir a la responsabilidad de los gobernantes.

Armengol: «Guinea Ecuatorial necesita pasar página»

Desde el PPGE, Armengol Engonga Ondo, presidente del partido, podría trasladar esta posición en los siguientes términos:

«Yo creo que Guinea Ecuatorial necesita pasar página. Llevamos demasiados años escuchando los mismos discursos mientras los problemas de nuestra gente siguen sin resolverse. Nuestra independencia fue un acontecimiento histórico, pero la independencia no puede consistir únicamente en tener una bandera y un Gobierno propio. Tiene que significar que los ciudadanos puedan vivir con dignidad, expresar sus opiniones sin miedo y aspirar a un futuro mejor para sus hijos.

Me alegra escuchar a un obispo que habla de la corrupción, de la injusticia y del abuso de poder sin esconderse detrás de palabras vacías. La Iglesia conoce el sufrimiento de las familias, porque está cerca de ellas, en los pueblos y en los barrios. Y cuando una persona que tiene esa responsabilidad moral alza la voz para recordar que el poder debe servir al pueblo, lo que corresponde es escucharla, no intentar desacreditarla.

Yo espero que este mensaje abra una nueva etapa. Guinea Ecuatorial necesita instituciones que respeten a los ciudadanos, una Administración en la que importe la preparación y no el enchufismo, y un Gobierno que rinda cuentas por el dinero público. No pedimos privilegios para nadie. Pedimos un país en el que todos podamos vivir con libertad, justicia y oportunidades».

La independencia no puede ser una coartada eterna

La homilía de monseñor Nguema Bee deja una pregunta que ningún gobernante debería considerar una ofensa: ¿para qué sirve la independencia si una parte de la población no puede ejercer plenamente sus libertades ni beneficiarse de la riqueza nacional?

Guinea Ecuatorial no necesita renunciar a su historia ni despreciar sus logros. Necesita, sencillamente, dejar de utilizar el pasado como coartada para no afrontar el presente. La independencia pertenece a todos los guineanos, no a un Gobierno; los recursos naturales son del país, no de quienes administran el Estado; y la patria no puede confundirse con la permanencia de una persona en el poder.

Obiang ha tenido décadas para demostrar que su proyecto político podía traducirse en bienestar, justicia y oportunidades para la mayoría. Por eso, las promesas de futuro ya no bastan. El país necesita respuestas, instituciones responsables y una apertura democrática que permita a los ciudadanos decidir libremente sobre su destino.

La voz del obispo ha recordado que el patriotismo no se demuestra repitiendo consignas, sino trabajando por el bien común. Y que la fe no consiste en bendecir el poder, sino también en exigirle que responda ante su pueblo.

Desde el PPGE celebramos que la Iglesia vuelva a mirar al sufrimiento de los guineanos y esperamos que esta llamada no sea un episodio aislado. Guinea Ecuatorial necesita una sociedad civil viva, una Iglesia libre para cumplir su misión y unas instituciones que dejen de estar al servicio de una familia o de un partido.

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